Desnuda

Soy así, tal como me muestro.

No lo hago por importunar a nadie, ni siquiera hago esta declaración para justificarme. No pretendo dañaros por no ceder yo, para no dañarme a mí.

No quiero deslumbrarte. Estoy segura de que te confundo. Pero no miento.

Quemé mi ropa, no necesito de vestidos. Camino despacio, descalza sobre un suelo hostil. En realidad, tampoco me importa, porque lo sé. Sé que estará cubierto de cristales rotos, y es por eso que dejé mis zapatos tirados por ahí, a mitad de mi camino desordenado.

Tal vez penséis que ya olvidé, aunque no sea cierto. Nadie tiene la culpa más que yo de que creáis así. Que no lama mis heridas – por orgullo, por vergüenza, por pudor, por gusto – no significa que no las lleve tatuadas en la piel de la memoria.

No quiero estar expuesta a ti ni a nadie.

Por eso me exhibo.

Tú no vas a descubrirme porque yo ya no me escondo.

No quiero que te acerques, porque ya lo hiciste. Y no entendiste mis luces, no prendiste colores en mis días, no soltaste mis sueños a volar. No aprendiste mis sombras.

Voy a explicaros mi coraza. Iré desmontándola poco a poco, pieza a pieza. Hasta quedar desnuda frente a todos.

No me digáis quien me conviene, ni cuando, ni para qué. Si ya lo sé, no me lo digas. Puedo verlo. Puedo verte mirándome de lejos. Puedo ver cómo. Puedo ver la forma. Puedo ver por qué y adivinar lo que sientes. Verás mi espalda si insistes, esquivándote.

Aún no quiero, aunque mienta. No sé hasta cuándo. ¿Quién puede saber eso?  

Pero no me oculto, no te confundas, no me hace falta. Por supuesto que estoy dispuesta, preparada para que llegues, pero no cuando otros lo decidan. Aún es pronto para dejar que tu traición no me haga daño.

No sé qué ropa quiero ponerme. Siento frío y aún no resuelvo si quiero abrigo o no.

Debo asegurarme, por intuición, de que ya es tiempo. Cuando te abrace, lo haré tan fuerte que asustaré. Y estarás preparado al igual que yo, porque si has llegado despojándote de ropas y calzado, tendrás llagas como las mías.

Me muestro como soy, aunque dé miedo la sangre de mis heridas. En el camino, mis pies dibujan con ella la serpiente que peca sin conciencia, la que se aleja, sin pisar el suelo, de la niña que fui y que duerme tranquila en su cuna. Siseando silencios a mi oído cuando estás cerca. Silencio por respuesta al ruido de tus ojos.

Que me miran, desnuda.

Holly

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Sólo a ratos.

Nunca he sido tu prioridad. Nunca pensé lo contrario.

Yo permanecía entre otras historias pasajeras, pero eso no significaba que fuera la definitiva en tu vida. Siempre supe que encontrarías a otra que cambiaría las cosas.

Jugué mis cartas lo mejor que supe, de la única manera que era posible jugar contigo. Gané muchas manos. Casi todas. Asumo mi derrota en esta partida, aunque no me considero una perdedora. Ya habrá otras, con otros adversarios, en otras mesas, en otro tiempo. ¿Iguales a las que jugué contigo? No lo sé. Parecidas, seguro.

Cuando estábamos juntos, no necesitábamos de bonitas palabras para amarnos. Cuando nos separábamos, tampoco eran necesarios subterfugios; sencillamente se acababa, tú te ibas, yo me iba, fin. Hasta la próxima. O no.

Esa variante siempre estaba presente en mi vida. Imagino que en la tuya… No, en la tuya no. Tú no te lo planteabas nunca. Yo ni siquiera formaba parte de la disyuntiva. No era una opción. Así que recibir una llamada tuya al día siguiente estaba descartado. No la esperé jamás. Y jamás se produjo.

A veces me pregunto qué hubiera hecho si tú hubieras decidido reaccionar de distinta forma, si hubieses actuado radicalmente en modo opuesto a lo esperado y hubieras vuelto al día siguiente a por mí. No hubiera funcionado. Nuestra relación, si puede llamarse así, era puramente sexo ocasional. Una vez cubierta la necesidad, no tenía sentido alargarlo. El día después tú ya no me necesitabas, yo tampoco a ti. O eso creo.

Era bueno, estaba bien follar contigo. Esperar sin esperarte es un arte del cual yo soy experta. Y disfrutarlo tal como se da, una habilidad innata en mí. Ahora voy a tener que olvidar mis especialidades, por lo menos las referentes a ti. Tal vez te eche de menos, o tal vez no. Acostumbrarse a no esperar nada imagino que ayuda a vivir los días igual los unos que los otros, sin distinción de situaciones: aunque ahora sé que no estarás una noche en mi cama para desaparecer al día siguiente, la certeza de que no estarás en mi vida diaria es la que era, sigue siendo la misma. Por eso, supongo que habrá momentos en los que piense en ti, cómo en estos instantes lo hago.

Cuando esté sola, sólo a ratos.

Holly

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Sed de piel

Intento recordar cómo era sentir otra piel en la mía. De todos los recuerdos, ese fue el primero en irse.

Lo echo de menos.

Más incluso que tu boca o tu mirada.

Echo de menos el roce de una mano con mi brazo en una caricia descuidada. Ya olvidé la sensación de pertenencia a otro que provoca el contacto de una piel que no sea la mía propia. Hundirme entre tu pecho y tu cuello, dar mi espalda al viento áspero que azota mi pequeña vida en las noches desiertas. Sentir tus brazos cruzándose alrededor mío, para fundirme con tu tibiez.

Echo de menos ese escalofrío que sobreviene al tacto de unos dedos dibujándome, y que precede irremediablemente al placer de ser descubierta de nuevo en cada pliegue de mi piel.

Extenderme sobre otro. Invadir su cuerpo. Fusionarme a su contacto y poseerlo.

Y ser poseída.

Saldré cada noche a buscarte. Y me arrastrará la vida hasta la cima de la montaña más alta, pero llegaré sola y abatida porque no te has cruzado en mi camino. Ni las piedras, ni las ramas de los árboles, ni los campos de cereales que, al pasar, rozaron mis piernas desnudas, mi cara, mis brazos, mis ojos, mi pelo, podrán consolarme.

Nada. Nada de eso es comparable.

Y gritaré fuerte al viento que me abrace. Abriré mis brazos, incitante. Que venga a por mí y cimbree mi cintura, y se retuerza conmigo y me arquee hasta agotarme, hasta dejarme los ojos llorosos, la melena enredada, las mejillas heridas. Aunque mi piel siga vacía.

Me dejaré caer ladera abajo, canchal abajo, hasta el valle.

Y río abajo. Hasta el mar, mar abajo.

Vida abajo.

Y volveré hecha unos zorros a casa, ensangrentada y fría, con ganas de que me abracen.

En un rincón oscuro. En plena calle. En una noche corta y calurosa. En una tarde naranja y dorada de octubre. En la mañana luminosa. Bajo la mesa de un banquete. Sobre la cama de una celda. Junto a la puerta de un hotel. Sumergida en espuma de baño. Entre el silencio de la nieve. En medio de la música del bosque. Con la cadencia de las olas. Con el misterio de las sombras. Al ritmo de un saxo de jazz.

Anhelo llevar tatuado en mi piel otra olor mezclada con la mía. El rastro de ese pequeño acto de amor guardado en la cajita que me estrecha y apretuja cuando no lo necesito, pero lo quiero.

Buscaré el abrigo entre tus brazos, la única calidez que bebería mi piel sin saciar nunca la sed. Porque lo echo de menos.

Me haré un ovillo y seguiré esperando.

Muerta de sed.

Holly

 

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Someone else

 

Cuando me levanto en la mañana fría y mis pies tocan fugazmente el helado suelo, y se deslizan hasta el cuarto de baño, tú nunca estás en mi mente. Luego el espejo me devuelve mi imagen solitaria, envuelta en la neblina húmeda del baño, y él viene a posarse en mi cuello. Tú sigues sin estar.

Me visto cada mañana para gustarme a mí misma, para gustarle a otro, y tú lo sabes. Aunque, no sé muy bien si tal vez, también lo haga por ti. Tal vez lo haga para gustarle a todos los “tus” que me aman en silencio. No has estado nunca en mi cama, y no sé si puedo decir honestamente que nunca se me pasara por la cabeza. Aunque no sé cuándo eso pudo suceder, quizá antes de esta vida.

Me siento bien conmigo misma, camino decidida hacia el trabajo, donde otro día más te llevaré hasta una tortura amable, delicada, sin ni siquiera saberlo. En la oficina, sacando un café de la máquina del pasillo, en la fotocopiadora del despacho, en la puerta del ascensor, en la silla de mi mesa, contestando el teléfono, redactando documentos, en la sala de reuniones. Tú nunca estás allí, aunque alguna vez aparezcas. Y me invites a un café de 60 céntimos. Y me ayudes a cambiar el cartucho de tinta. Y te subas conmigo al ascensor y bajes en otro piso. Y pases por delante de mi mesa cuando hablo por teléfono. Y recibas mis documentos en la sala de reuniones.

Nunca te imagino imaginándome. Nunca te veo mirándome a escondidas o de soslayo. Porque nunca te miro para verte. No escucho tu voz oscilar al pronunciar un buenos días, un buenas tardes, un buenas noches. No noto tu mano temblar al estrechar la mía. No percibo si tu respiración es agitada en mi cercanía. Porque nunca sabré que me amas.

Tal vez tus pies no sientan el frío suelo al bajar de la cama igual que lo sienten los míos, si no de otra forma. Más intensa, menos pasajera. Y cuando te mires al espejo, él te devuelva la imagen de alguien que no reconoces, pasados los años y los sueños, envuelta en espuma de afeitar, ajena a los vapores de mi cuarto de baño. Tal vez te consideres un estúpido por sentir esto a estas alturas, tal vez descubras que no puedes evitar sentirte tan humano, quizá tu corazón a esas horas, esté aún recubierto de una capa de hielo, puede que pienses que hoy, podrás mantenerla intacta, que no se derretirá conforme nos vayamos encontrando a lo largo del día. Tal vez te enfades al soltar mi mano después del último buenas noches, por ser tan ingenuo de pensar en mí de esa otra forma. Tal vez te enojes por perder el control e imaginarte a mi lado esta noche de invierno. Tal vez te resignes a juntar tu corazón derrotado a una copa de vino, en solitario. Y te metas en la cama sin querer pensar en mí, mientras yo me meto en la mía junto a otro alguien al que amo y que no eres tú.

Holly

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Distracciones.

Querido, querido mío.  

Te miro y me doy cuenta cada día, querido mío, que no te quiero. Nunca te quise. Tan sólo te solazaba, queriéndote como tú querías ser querido. 

Estoy dispuesta a dejarlo todo atrás. Me aburro tanto.  

Buscando. en cuanto tengo ocasión. alguna distracción. El peligro entretiene cuando es nuevo, pero… siempre se hace viejo, siempre vuelve a aburrirte. La última duró demasiado. Luego te sientes culpable. Por los dos. 

Fui al gimnasio esta mañana. Sudé mi ropa, purgué mi pecado.  

Y ahora me pregunto, querido, si alguna vez tú me quisiste a mi.  

No como a tu coche nuevo, o tu último Brioni, si no como se quiere a una mujer. Amando desde el principio al fin.  

Querido, querido mío. Tú no me quieres.  

Conduzco tu Aston Martin por la autopista, rápida, relajada, hasta llegar a la costa. El mar no devuelve las llamadas, yo tampoco. Pero insistes tanto. Quizá necesite más. Más de todo. Tal vez, querido, más no sea suficiente.  

Y entro en casa decidida a abandonarte. A la vida regalada, a los hijos perfectos, a las cenas con brillantes, a las vacaciones en el Heesen, a la equitación a lomos del mejor caballo árabe. 

De nada sirven el ramo de rosas perfectas recibiéndome en nuestro cuarto, ni el perfume caro sobre mi tocador. No me ablandan los brazos de las niñas alrededor de mi cuello, ni el beso húmedo de nuestro bebé rubio de mejillas sonrosadas y piernas rollizas.  

Es todo tan frio, querido, querido mío. Tan lejano. Tan aburrido.  

Calzada de Blahnik, vestida de Jacobs. No hay nada nuevo que me retenga aquí.  

Te veo en la puerta, esperando que yo baje el último peldaño, que pise el frio mármol, que cruce el hall hasta llegar a ti. A tu sonrisa seductora. A tus manos suaves y bien cuidadas, que acarician mi cuello y deslizan en él una gargantilla de Graff, blanca y amarilla. Un roce de tus labios en mi hombro, que me distrae.  

Otra distracción. Una más, querido. Querido mío. 

Ni yo te quiero, ni tú a mi.  

Querido mío.

Holly

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Todo está bien.

Todo está bien.

 

Eso me digo cada día al despertar, y cuando apoyo los pies en el frío suelo, esa certeza ya va siendo un poco menos creíble, hasta llegar a desaparecer, diluida por completo dentro de mi taza de café, en la cocina.

Preparo bocadillos y desayunos, todos van pasando a por el suyo y desfilan hacia sus días más o menos aburridos, más o menos monótonos, más o menos felices. Yo no. Yo permanezco aquí. Pegada a lo que llamaba hogar, sin alas suficientes para soportar mi peso.

Hago y deshago la casa; los suelos, los muebles, las paredes, la ropa, las ventanas, incluso los techos. Y cuando llego a las camas, en la mía siempre hay un hueco. El tuyo. El que dejaste atrás hace mucho tiempo. Para no volver, aunque querías. Estiro la sabana por ese lado, a veces suavemente, a días con furia, a ratos triste, siempre resignada. Tu lado.

La memoria de mi piel no te recuerda, tu no verás nunca sus manchas. No sabrás como envejezco, ni sentirás en tus dedos las cicatrices de mi cuerpo, ni tocarás con tus ojos la pena vieja de mi corazón. Yo en cambio veré siempre tu cuerpo, fuerte, vibrando por encima de mí; viviré llorando aire, sin sentir que eso sea vida, porque ya no compartiré ni uno solo de mis sueños con nadie, contigo.

Y las pocas veces que un día soleado venga a visitarme, no me gustará disfrutarlo. Aunque lo haga. Por pereza de saber que los días pasan, incluso ese. Por la verdad, por la mentira. Por escapar sin poder salir de mí. Por permanecer en un instante que pasó hace mucho y ya no lo recuerdo. Por olvidar el agujero cavado en la tierra bajo mis pies donde tu duermes. Por mí. Por ti. Por nada en especial. Por el hueco de mi cama. Por desgana de sentir siempre tristeza, por dejar que los demás crean.

 

Porque todo está bien.

 

Pero tú no estás.

Holly

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Mi gato se parece cada vez más a ti.

Arropada en el sofá, liada en la manta de colores que tejió mi abuela, con los calcetines menos sexis del mundo y los más viejos, y un libro apoyado en mis rodillas. Mi taza desportillada favorita con un humeante chocolate, mi música preferida en mi reproductor, y la luz rosada de la tarde invernal.

Gato viene a postrarse a mis pies en un alarde de melosidad pasajera, ya que, después de pasearse muy elegante por la página que leo y restregar su cola por mi cuello reclamando mi atención por un instante, salta al respaldo del sofá y me da la espalda, constatando su naturaleza gatuna pero advirtiéndome que, si le da la gana, puede ser zalamero como el que más.

Todo el momento en sí, me resulta tan idílico que tengo que dejar el libro sobre mi regazo; miro a mi alrededor, el comedor perfectamente desordenado, la temperatura, la luz, la compañía idónea… no quepo en mí de placer.

Tú estás haciendo ver que lees las noticias en tu portátil en el otro sofá, pero me parece que hace rato que dormitas; tu cabeza da sospechosos y repetidos saludos a lo nipón, y no creo que la noticia sea japonesa ni necesite de tanta solemnidad para leerla. Me hace sonreír.

Reflexiono y me doy cuenta de que ya hace más de dos años que viniste a pasar un fin de semana conmigo; trajiste un par de mudas y tu cepillo de dientes electrónico por comodidad, y poco a poco los viajes a tu apartamento en busca de una camiseta limpia, ropa interior, un calzado para la playa, la crema solar, la raqueta de tenis olvidada de tu madre, tus vinilos preferidos, dos o tres revistas de culto, tus bermudas favoritas o las pinturas y tu última tela eternamente inacabada, se fueron espaciando. Hasta que al final, yo misma te ayudé a trasladar todo lo que quedaba allí antes de dejar de pagar tu alquiler.

Gato y tú no hacíais muchas migas al principio. Ahora espera siempre encima de ti, a que despiertes y le pongas de comer; en tu lado de la cama, mirando subrepticiamente de no despertarme sin querer, después de haber saltado por encima mío para poder llegar hasta ti, constatando su preferencia. Tiene esa mirada casi humana, clarificadora de su humor y estado de ánimo en todo momento.

Vuelvo a mi libro, pero Gato ha decidido que hoy ya no leo más; ha dejado de mirar por la ventana y, bajando del respaldo del sofá, ha utilizado las páginas del libro como trampolín hacia ti, y ahora teclea sobre tu portátil alguna noticia mucho más interesante que la que tu veías. Mi libro ha caído al suelo con las páginas desordenadas y doblegadas en según qué sitios.

Me desenvuelvo de mi crisálida y estiro mis alas desperezándome, desplegando mi más poderosa arma de atracción masiva y de largo alcance: todas mis feromonas cargadas de felicidad y amor viajan a gran velocidad, expandiéndose por todo el comedor, llegando a ti. Y tú miras mi camiseta a rayas descolorida y mis gastados pantalones caídos como si fuera la combinación más seductora del mundo. Y sonríes. Gato te mira ladeando la cabeza, creo que no entiende tu mirada, pero luego me mira y al igual que tú, cree que mis brazos, junto con mis piernas, son el mejor lugar del mundo para guarecerse. Así que ahora, os tengo a los dos melosos a mi alrededor.

Sí, definitivamente, mi gato se parece cada vez más a ti.

Holly 

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