Ardo y perdono.

Recuerdo… Sí, lo recuerdo. Te he visto correr. Hacia mí. O lo que de mí quedaba. Cuando el dolor ya no me consumía. Corriste hacia mí y, aún no sé cómo, me liberaste.

Siento frío en todo mi ser. Si no abro los ojos, pareciera que nada de lo que ha ocurrido, hubiera pasado. Mis oídos quedan sumergidos en el agua y el líquido diluye el griterío de la gente, me sumerge en la oscuridad, algo no elegido pero que me produce placer a estas alturas.

Vienen a mi vientre un rumor de pasos, casi olvidados. Como si fuera ayer, rememoro el nacimiento de una niña hermosa, sin mácula que la señale. Vivo con ella y contigo, a la puerta de nuestro hogar, miro el pasar de las dichas y las risas y la gente que, saludando, nos envidia sin saberlo.

Permanezco quieta, por si me olvidan. Como yo los he olvidado. El frío mar me sujeta y me mece, me acoge y me consuela. Y si abro los ojos, el silencio los invade. Un resplandor naranja sube por la torre de la iglesia y de su boca negra ya no salen demonios.

Igual que pude ver como moría, veo ahora las almas de otra gente que, como yo, buscarán amparo en esta agua. Siento como la sal escocerá su piel hasta dormirla. Siento sus lágrimas recorriendo mi cara, que sobresale por encima de esta húmeda mortaja.

Recupero la hierba bajo mis pies descalzos. La recupero incluso para ella. Alcanzo a saborear su dulce voz en una canción profana, la misma que yo cantaba al acunarla. Su risa alborota mis ojos, sus suaves rizos pintan de rojo el cielo mientras juega a imaginarse pájaro.

Si tan solo pudiera cogerle la mano.

La sujetaría aquí a mi lado. Las dos tendidas en este frío que calma.

Ya no se oye nada. Sus ojos ya no miran asustados a los míos. Se pierde entre las llamas con presteza, igual que se pierden los suspiros. Igual que se pierde y quema el miedo.

No sé cómo pudiste, pero recuerdo… Sí, te recuerdo corriendo a desatarme.

Y luego este silencio y sosiego que me brinda el agua, que me ama, me devuelve a las entrañas de mi madre y apaga el fuego que me abrasa. Es algo blando que dejo que me invada. Y tomo una última bocanada de aire. Respiro profundo y miro el negro cielo. Y aparecen sus rizos rojos quemándolo todo.

Al hundirme te arrastro conmigo. Y a los miles de manos que antes que yo pasaron sus dedos por las duras piedras, consagradas al rezo, condenadas a él. Y la arrastro a ella, antes incluso de perderla por ser madre, por ser hija.

La sombra del santo edificio bendice el trozo de mar que me engulle, encuentro mi paz. Y los perdono.

Holly

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Para que salga el sol por donde quiera.

Déjame que te diga un par de cosas. O tres.

Una de esas cosas es que no te necesito. Dicho esto, que quizá sea lo más importante, puedo afirmar que, con el total de mis capacidades mentales perturbadas, me gusta estar contigo.

Pero no te necesito.

Sé pintar una pared de color y si no me gusta, cambiarla. Agujerearla dieciocho veces para colgar dos fotos (una nuestra y otra de mi perro), un dibujo de mi sobrino, un cuadro que pintó mi abuela y un poema de E. E. Cummings que enmarqué hace siglos, cuando el amor era tortura, pero que me sigue gustando.  Y tapar luego los doce agujeros que me sobran, porque el treceavo lo utilizo para colgar un calendario donde apunto las noches que quedo contigo.

Sé llamar por teléfono a asistencia en carretera y sentarme a esperar en un arcén y escuchar los pajarillos, porque me quedé tirada sin gasolina. Porque que sepa memorizar un número de teléfono en mi móvil no significa que me acuerde siempre de hacer caso a la luz de reserva. Pero que te hagan gracia esas cosas, y te olvides de ellas conmigo en cuanto nos sentamos en el sofá a ver una serie francesa, demuestra que estás más loco que mi madre, que llama mil veces para recordarme el cumpleaños de mi tío.

También sé cocinar una paella. Con sus gambas rojas, su cebollita picada, sus mejillones, su costilla fritita, su pimiento morrón. Y un buen gazpacho. Sé quemar las empanadillas, dejar cruda la tortilla, asar sardinas en el horno, pochar un huevo en un cazo, y hacer palomitas en una sartén. No me importa si te gustan mis platos, mientras me gusten a mí. Pero me gusta comerlos en el balcón contigo.

Sé salir con mis amigas y quedar con tus amigos. Puedo cambiar de opinión y dejar de ir al cine para salir pitando a por el coche y pasar la tarde en el río. Me encanta bailar sin ritmo mientras invento la letra de una vieja canción y un nuevo idioma. Me gusta llorar hasta aburrirme viendo una peli dramón, llenar el suelo de pañuelos arrugados, pelearme con mi perro para que no se los coma, dejarme lamer los mocos, y sonreír al verle mover su cola, empezar a jugar con su pelota y acabar tirada en el suelo mientras él ocupa mi sitio en el sofá. No necesito que me entiendas. Ni que llores y luego rías y luego llores y luego vuelvas a reír por hacerme compañía. Pero si estás, estás, y me gusta que estés. Pero si no estás, no estás, y no me importa que no estés. Porque no te necesito.

Y después de tantas cosas que te he dicho, una última te voy a contar: si te despiertas conmigo en la madrugada, levantaremos juntos la persiana para que salga el sol por donde quiera. Porque no te necesito, pero me gusta más el sol contigo.

“since feeling is first
who pays any attention
to the syntax of things
will never wholly kiss you;
wholly to be a fool
while Spring is in the world
my blood approves
and kisses are a better fate
than wisdom
lady i swear by all flowers. Don’t cry
—the best gesture of my brain is less than
your eyelids’ flutter which says
we are for each other: then
laugh, leaning back in my arms
for life’s not a paragraph
and death i think is no parenthesis”

“Since feeling is first – E. E. Cummings”

Holly

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Darte mi silencio

Esa sublime sensación de estar completos, absolutos, colmados, que me invade últimamente, nos la debemos.

La vida puede que no sea un camino para llegar hasta nadie. Es lo que todos se empeñan en decir, en creer. Tal vez sea porque ellos no tuvieron la suerte de alcanzar la meta. Cada cual la suya. La mía, evidentemente, eres tú. No es algo que me planteara desde el nacimiento, pero las cosas… suceden. ¿Soy afortunada, lo eres tú? Quizá sí. No me quita el sueño pensar en ello, pero, como todo, está ahí. Estoy segura que no nací para conocerte a ti y que mi vida no era un propósito universal para encontrar la tuya en este planeta. Pero sí creo firmemente que nací para alcanzar este estado en el que nos sumimos los dos al estar juntos.

Unos dedos danzarines acarician mi estómago cada vez que pienso en ti. Puede que los demás no encuentren en el amor algo tan profundo como en el desamor. Como si el primero no pudiera sacar de nosotros toda esa amalgama de sentires y reflexiones que el segundo arranca sin esfuerzo y mucho dolor. Pero yo, que con poco de ti lo siento todo, no comparto su criterio.

Hace falta tan poco. Tan poco.

Si te acercas y me besas, y se hace el silencio, soy feliz. Si te acercas y me miras muy adentro, y te pierdes en mis pupilas, soy feliz. Si te acercas y me coges de la mano o acaricias mi cintura o apoyas tu cabeza entre mi cuello y mi hombro… ¡soy feliz! Todos esos pequeños silencios que me regalas cuando, sin planificar, te dejas ser sencillamente feliz por mi causa, sin yo haberlo ideado… todos, sin excepción, demuestran los sentimientos tan maravillosos que provoca el amor. Tal vez las personas nos hemos acostumbrado a ponerle palabras a la tristeza por sacarla de nuestro interior, para que duela menos. Pero con el amor es distinto. No queremos que se vaya. Lo atesoramos dentro de nosotros.

Puede que quizá por eso, el amor sea silencio.

Quiero hacer el silencio contigo.

Siempre.

Holly 

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Invencible

 

Paz y luego rojo.

El rojo me hiere los ojos.

No.

Vuelvo a empezar.

Paz, silencio, suave y respiro. Gris.

El frío gris me pesa sobre los hombros.

No. No.

Vuelvo a empezar, de nuevo.

Paz y silencio y quietud y azul. Y rojo. Y gris.

Los tres colores se convierten en algo sucio, borroso, que entorpece mis pasos.

No. No. No.

De nuevo, empiezo.

Oscuridad. Locura. Sangre. Negro.

Fuerza. Quema. Golpea. Crea. Negro.

Sentir. Araño. Grita. Negro.

Abrazar. Hielo. Muerdo. Explosión. Negro.

Rompe. Salta. Funde. Mira. Arde. Negro.

Ruido. Corre. Hierro. Furia. Conciencia. Negro.

Razón. Embiste. Corta. Sacude. Levanta. Negro.

Arma. Muévete. Pelea. Mide. Derriba. Negro.

Conciencia. Líquida. Consume. Extremos. Fe. Negro.

Miente. Devora. Besa. Destruye. Suma. Negro.

Libre. Perdona. Impide. Quiere. Nace. Quita. Negro.

Sueña. Deseo. Ama. Toca. Lame. Negro.

Orden. Aire. Mira. Ríe. Baila. Negro.

Adivina. Huye. Copula. Deserta. Cede. Negro.

Busca. Separa. Calla. Abre. Dicen. Negro.

Atraviesa. Llora. Firme. Anula. Trabaja. Desierto. Negro.

Calma. Deslumbra. Ahogo. Invade. Sujeta. Miedo. Negro.

Fin. Luce. Corre. Teme. Reclama. Cose. Negro.

Apaga. Camina. Vístete. Fama. Arruga. Círculo. Expulsa. Negro.

Divide. Cambia. Proyecta. Choca. Para. Cura. Da. Negro.

Ofúscate. Clarividencia. Rabia. Duelo. Cristal. Sombra. Cree. Negro.

Pierde… Gana. Nada. Todo. Otros. Tú. Muere. Negro.

Vive. Vive. Vive. Vive. Viv….

Invencible, Holly

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Vida

*

Como una estrella al punto de convertirse en supernova.

Estallo.

Y miro a mi alrededor. Todo es luz y después oscuridad.

Pero en esos instantes en los que la luz crece, todo es maravilloso.

Se llena de colores intensos y brillantes.

Una música ensordecedora lo inunda todo.

Bailo.

Me dejo llevar por ese momento efímero tan brillante.

Y río. Y lloro.

Siento.

Las posibilidades de que esto perdure en mi memoria son escasas, pero aún así…

Por una vez en la vida, una única vez.

Brillo.

Y luego…

Luego nada.

Holly, rarezas que me dan…

Incertidumbre

Encuentro.

Fugaz, efímero. Lleno de sensaciones que creía dormidas.

Un día. Otro. Y otro más. Siempre casuales. Nunca demasiado largos. Miradas que, despacio, encienden el corazón y las entrañas. ¿Las tuyas? No lo sé. Tal vez sólo las mías.

Y me arreglo para ti y para mí, porque no sé cuándo será el día que nos encontremos de nuevo. Y quiero estar perfecta, aunque sé que no lo estoy. Un día me veo guapa, al otro no. Y ese día menos pensado, nos venimos a encontrar… decisivamente.

Impulso.

Dar un primer paso. Una mano en la cintura. Una sonrisa nerviosa. Un beso en el cuello. Bebernos el olor del otro hasta encontrarnos las bocas.

Huir. Escapar de los demás para estar solos, los dos. Llenos de avidez por quitarnos la ropa, de rozarnos la piel. Zozobrar sobre la cama con cada embestida, gozándonos, por fin.

Una primera vez entre los dos, que no es la única. Rápida, impetuosa. Empujándonos para llenar con vigor nuestros vasos vacíos. Y una segunda vez, maravillosa. Lenta, complaciendo a los sentidos, deleitando nuestros sexos, regalándonos minutos de eterno placer.

Amanecer.

Nos abandonamos, vencidos por el cansancio y el sueño, después de liberar todo el nervio acumulado. De vez en cuando, si la somnolencia nos deja, nos miramos, sedientos por descubrir al otro, de absorber todo su cuerpo con los ojos. Apartamos las sábanas para vernos desnudos, para conocer de cerca los nortes de cada uno.

Igual que se mira una obra de arte, intentando adivinar que piensa el otro, se nos echa encima la mañana.

Miedo.

¿Qué pasará si ahora nos vamos, si abandonamos el cálido cobijo de la cama? ¿Caminaremos desnudos y solos, otra vez? Nos vestiremos atribulados, inquietos de salir por esa puerta y ver que todo nos da miedo. Miedo porque nos hemos cambiado después de esta noche.

¿Y si me pides que me quede y siento miedo? Miedo de no saber siquiera lo que siento. Miedo de que tú sientas distinto. Miedo de subir a lo más alto y luego caer. Miedo de que tú no tengas miedo. Miedo de que sí lo sientas. Miedo de olvidarnos por el miedo.

Obsesión.

¿Volveremos a encontrarnos? Frecuentaremos el mismo sitio miles de veces. ¿Será necesario o… me llamarás? ¿Te llamaré? Echarás de menos mi piel, como yo la tuya; querrás volver a vaciarte y saciar mi sed; querré mirarte a los ojos desdibujados de tan de cerca; meterme en tus brazos y llenar tu boca; enredarte en mi pelo y entre mis piernas… ¿Te acordarás de mí?

Te acuerdas de mí.

Euforia.

Nos encontramos. Con precaución primero, con urgencia después. Nos separamos. Cogemos aire para no morir sin respirar de tanto amarnos. Despacio. Rápido. ¿Qué más da? Ya nada importa. En cada encuentro es distinto y es igual. Nos deseamos, a veces dulcemente, otras con vehemencia. Ya nada es sólo sexo y todo es amor.

Euforia de ser uno, siendo dos.

Holly

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Tiempo

Corro.

Así no pienso. No tengo tiempo.

No me miras. Y cuando lo haces, te doy pena. Pero no me permito darme cuenta de ello. 

Corro tanto… hacia mi trabajo, hacia el médico, hacia la compra, hacia el café con las amigas, hacia la oficina bancaria, hacia el gimnasio, hacia casa, hacia el teatro donde he quedado contigo, y hacia la cama, donde también corro hacia un sueño anestesiante. Porque no tengo tiempo. No quiero tener tiempo de querer tener niños, porque necesitan tiempo.  Así que practicamos sexo sin conciencia de pareja, porque no tengo tiempo de pararme a pensar qué es eso.

Mi vida pasa, como la de cualquiera, deprisa por este mundo. Y me iré en un suspiro, como todos. Cuando se acabe, no me habrá quedado tiempo. Seguro que lo habré gastado todo, lleno de cosas de las que apenas disfruté porque no tenía tiempo. Pero contenta, porque no lo habré desperdiciado. Y me reiré, veré a las personas que malgastan el suyo en parar su vida un rato y estar a mi lado mientras me voy. Porque es absurdo acompañar a alguien que ya no va a aportarte nada nunca más.

Corre. Siempre corre. Nunca se para un momento para reflexionar sobre la vida, sobre lo que le acontece. Dice que no tiene tiempo. Pero el tiempo se le escapa más deprisa que a mí el mío.

Esos breves minutos en los que ella aún remolonea entre las sábanas, quieta, entre el sueño y la conciencia, es cuando yo me paro a mirarla. No me importan las arrugas ni los kilos de más. No se da cuenta de lo bonita que me parece acabada de despertar, despeinada y sin maquillar. Luego ella desaparece. Bajo el peso del tiempo, que corre deprisa y levanta huracanes y se la llevan con él.

Yo lo miro todo como si estuviera en un teatro de sombras, de vez en cuando, ella aparece a mi lado, se queda un rato mientras cenamos, o hacemos el amor y luego se queda dormida. Pero la mayoría del tiempo, es una sombra fugaz que no tiene tiempo de pararse conmigo. No se permite el tiempo necesario para pensar en un “nosotros” y muchísimo menos en ampliarlo.

Y así, poco a poco, me alejo en mi quietud y me encierro en ella. Y me da tiempo de pensar si, en un futuro, estaremos juntos. Si, cuando llegue el fin, aún seguiré esperando que pierda su tiempo conmigo. Si, después del largo viaje en solitario, me quedaré a compartir mi tiempo con ella, para darle más tiempo que no perder.

 

Hoy, ha habido un momento en el que me ha parecido verme pasar a mí misma. Me he sorprendido mirándome reflejada en el cristal enorme de un escaparate. He sentido un dolor agudo en el pecho que me ha obligado a detenerme. Mi imagen se confundía sobrepuesta sobre un maniquí, que permanecía estático, luciendo impoluto su imagen anodina. Por un momento he sentido la tentación de pensar en el sentido de mi vida, si no era una señal verme ahí, dentro de un cuerpo que no siente, inerte. Y al estirar mi brazo para tocar la imagen en el frío cristal, mi muñeca dejó al descubierto el reloj de pulsera. Implacable, el segundero corría sin tener lapsus como el mío.

A veces, yo también corro. Unas, en pos de ella, que se me escapa sin remedio. Intento alcanzarla para abrazarla y retenerla conmigo. Para gritarle que pare, para susurrarle que hay tiempo de sobra para no ir a ningún lado. Otras, escapo lejos, huyo. Como ella, pero de ella. Para no ser engullido por la vorágine de su forma de vida, intentando preservar mi espacio, donde recogerme y asumir que ella no estará conmigo hasta el final. Porque no habrá tenido tiempo.

 

Corro. Y no me da miedo el tiempo.

Paro. Y temo no haberlo hecho a tiempo.

Holly

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