Tiempo

Corro.

Así no pienso. No tengo tiempo.

No me miras. Y cuando lo haces, te doy pena. Pero no me permito darme cuenta de ello. 

Corro tanto… hacia mi trabajo, hacia el médico, hacia la compra, hacia el café con las amigas, hacia la oficina bancaria, hacia el gimnasio, hacia casa, hacia el teatro donde he quedado contigo, y hacia la cama, donde también corro hacia un sueño anestesiante. Porque no tengo tiempo. No quiero tener tiempo de querer tener niños, porque necesitan tiempo.  Así que practicamos sexo sin conciencia de pareja, porque no tengo tiempo de pararme a pensar qué es eso.

Mi vida pasa, como la de cualquiera, deprisa por este mundo. Y me iré en un suspiro, como todos. Cuando se acabe, no me habrá quedado tiempo. Seguro que lo habré gastado todo, lleno de cosas de las que apenas disfruté porque no tenía tiempo. Pero contenta, porque no lo habré desperdiciado. Y me reiré, veré a las personas que malgastan el suyo en parar su vida un rato y estar a mi lado mientras me voy. Porque es absurdo acompañar a alguien que ya no va a aportarte nada nunca más.

Corre. Siempre corre. Nunca se para un momento para reflexionar sobre la vida, sobre lo que le acontece. Dice que no tiene tiempo. Pero el tiempo se le escapa más deprisa que a mí el mío.

Esos breves minutos en los que ella aún remolonea entre las sábanas, quieta, entre el sueño y la conciencia, es cuando yo me paro a mirarla. No me importan las arrugas ni los kilos de más. No se da cuenta de lo bonita que me parece acabada de despertar, despeinada y sin maquillar. Luego ella desaparece. Bajo el peso del tiempo, que corre deprisa y levanta huracanes y se la llevan con él.

Yo lo miro todo como si estuviera en un teatro de sombras, de vez en cuando, ella aparece a mi lado, se queda un rato mientras cenamos, o hacemos el amor y luego se queda dormida. Pero la mayoría del tiempo, es una sombra fugaz que no tiene tiempo de pararse conmigo. No se permite el tiempo necesario para pensar en un “nosotros” y muchísimo menos en ampliarlo.

Y así, poco a poco, me alejo en mi quietud y me encierro en ella. Y me da tiempo de pensar si, en un futuro, estaremos juntos. Si, cuando llegue el fin, aún seguiré esperando que pierda su tiempo conmigo. Si, después del largo viaje en solitario, me quedaré a compartir mi tiempo con ella, para darle más tiempo que no perder.

 

Hoy, ha habido un momento en el que me ha parecido verme pasar a mí misma. Me he sorprendido mirándome reflejada en el cristal enorme de un escaparate. He sentido un dolor agudo en el pecho que me ha obligado a detenerme. Mi imagen se confundía sobrepuesta sobre un maniquí, que permanecía estático, luciendo impoluto su imagen anodina. Por un momento he sentido la tentación de pensar en el sentido de mi vida, si no era una señal verme ahí, dentro de un cuerpo que no siente, inerte. Y al estirar mi brazo para tocar la imagen en el frío cristal, mi muñeca dejó al descubierto el reloj de pulsera. Implacable, el segundero corría sin tener lapsus como el mío.

A veces, yo también corro. Unas, en pos de ella, que se me escapa sin remedio. Intento alcanzarla para abrazarla y retenerla conmigo. Para gritarle que pare, para susurrarle que hay tiempo de sobra para no ir a ningún lado. Otras, escapo lejos, huyo. Como ella, pero de ella. Para no ser engullido por la vorágine de su forma de vida, intentando preservar mi espacio, donde recogerme y asumir que ella no estará conmigo hasta el final. Porque no habrá tenido tiempo.

 

Corro. Y no me da miedo el tiempo.

Paro. Y temo no haberlo hecho a tiempo.

Holly

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Morir de olvido

Si el amor muere de olvido, ¿de qué muere éste último?

Puede que de sí mismo.

En cualquier caso, el olvido lo arrasa todo. Nunca tiene bastante. Es como un Simún que devora la vida, consumiéndola en un espacio corto de tiempo, traicionero, que lo llena todo de polvo rojo y desdibuja los paisajes por donde pasa, cambiando de lugar todas las cosas, dificultando así volver a poner las piezas en su sitio.

Dan ganas de encerrarlo en su cuarto una buena temporada, aunque duela. Porque sin olvido, la vida duele. Incluso el amor duele.

Se necesitan. Serían nada el uno sin el otro.

El amor. Que moriría si no pudiera olvidar las palabras afiladas. Se extinguiría sin remedio si no ahogara en lágrimas de olvido las llamadas sin recibo, las caricias no albergadas, los besos no entregados… Y el olvido. Que necesita del amor para ser tolerado. La dulzura de unos labios para apagar el frío que quema, que convierte un día gris en uno soleado, rescata una sensación amarga y la cubre de un suave manto de azúcar.

Todo eso hacen el uno por el otro. Sin palabras de por medio.

Y sin embargo…

Sin embargo, yo quiero matar al olvido. Quiero destruirlo desde que nace. Antes incluso. Mucho antes. Antes de que se lleve por delante lo que duele y lo que no duele, lo que importa y lo que no importa. Para guardar en la memoria todos los momentos y poder sacarlos cuando me falten. Y no echarlos de menos. Y vivirlos y volverlos a vivir. Como si nunca se acabaran, como si no importara ya saber lo que va a pasar. Y volver a llorar. Y volver a reír. Y volver a empezar. Y acabar de nuevo. Y no tener el recuerdo de no tener recuerdos, porque los tengo todos.

Si el amor muere de olvido, que el olvido muera de amor por él.

Holly

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En el espejo

Me pusiste delante de un espejo e hiciste que mirara mi imagen reflejada. Y luego preguntaste qué veía en él.

Tal vez no calculaste la magnitud de ese acto ni sus consecuencias.

Me insististe: dime lo que ves. Y yo lo hice.

Te dije que veía una piel ajada, llena de manchas, como pequeños continentes por los que mis sentimientos viajaron a lo largo de mi vida, dejando huellas y recuerdos. Unos buenos, otros… no tanto. Una multitud de arrugas en mi cara, canales de tristeza y alegría por los cuales navegué en su momento, riendo, llorando, disfrutándolos. Veía decepción en mis manos, por no haber podido retener tantas cosas; frustración en mis brazos, por haber perdido a tanta gente por el camino; un agujero en mi memoria, que se expande, oscuro, vaciando cajones, atemorizándome cada día un poco más; un nudo muy enredado en mi garganta, que amenaza con bajarse al corazón, lleno de hilos de colores apagados, con los cuales, en su día, tejí una manta para cubrir mi cuerpo solitario; unos labios llenos de sueños y deseos, unos cuantos alcanzados, otros que jamás se cumplirán, que bebieron de otras bocas arenas y sal; unos ojos llenos de sombras, que buscan sin cesar la luz en los demás. Hay también un vacío en mi estómago, hambriento de una brújula que lo ancle en mi centro; un fuego en mis entrañas, que quema mis ovarios y me deja estéril de otras vidas. Veo unos pies descalzos, apoyados en el frío suelo, que tiembla y me hace temblar; moviendo y resquebrajando todos mis nortes y mis sures; unos pies que me llevaron por el mundo de mi vida y me trajeron a ti. A hoy. A este momento.

Puede que quisieras mostrarme algo que tú veías y yo no, pero después de mirarme con mis ojos, llegaste aquí, donde realmente yo te quiero, donde te necesito: a mi lado, conmigo.

Y ahora eres tú el que me mira en el espejo.

Y ahora soy yo la que pregunta: Dime, ¿qué ves?

Holly

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Tan solo quédate

 

Me pides demasiado. Que yo decida por ti cosas que no puedo ni quiero decidir.

Me preguntas y ahora qué, y no voy a contestarte porque no tengo respuestas… o tengo demasiadas. No existe una sola, sino miles. Algunas mejores que otras, según cuando, según quien, según como.

Me miras confuso desde tu postura rota, por lo inesperado. No hiciste planes, ¿pensabas que tal vez yo sí? Improvisaba. ¿Acaso tú no? No irás a decirme ahora que te sorprende, que te asombra mi actitud.

Querías que fuera otra más, pensaste que sería sencillo. Está bien, pero no me eches la culpa de lo que te haya sucedido. Quizá ese fue tu error desde el principio, que yo fuera esa posibilidad que no te planteaste.

Y ahora, ¿qué somos? me dices. Qué somos. Podría decir que somos aire. El que se cuela entre tu cuerpo y el mío y nos envuelve. Que somos solo dos pieles distintas que se han unido bajo una sola circunstancia. Que somos nada.

En todo caso, yo no voy a darte solución. Bastante tengo con tomar la mía. Podría romperlo todo y construirlo de nuevo yo sola. Podría, pero no quiero. Asume tus dudas, afronta tus certezas, vence tus temores y defiende tu verdad.

Deja que siga dormida, sin tener que ver como todo ha cambiado mientras pasaba. No despiertes nada en mí, nada que pueda cambiarlo todo. Nada que transforme esto en algo. No prendas el fuego, porque echaré agua para apagar la llama.

Y ahora me preguntas qué vamos a hacer. Otra vez. En silencio, desde tu miedo. Y sigo sin tener esa respuesta, la que tú quieres, la que tú esperas, porque no la conozco.

En este silencio ensordecedor, lleno de posibles caminos equivocados, escucho tus palabras, suplicantes: tan solo quédate, quédate conmigo. Y me quedo, solo un rato más. Solo hasta que el sueño reparador te llegue. Porque lo único que podemos hacer es esto: nada.

Nada. Solo quedarnos.

Holly

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Desnuda

Soy así, tal como me muestro.

No lo hago por importunar a nadie, ni siquiera hago esta declaración para justificarme. No pretendo dañaros por no ceder yo, para no dañarme a mí.

No quiero deslumbrarte. Estoy segura de que te confundo. Pero no miento.

Quemé mi ropa, no necesito de vestidos. Camino despacio, descalza sobre un suelo hostil. En realidad, tampoco me importa, porque lo sé. Sé que estará cubierto de cristales rotos, y es por eso que dejé mis zapatos tirados por ahí, a mitad de mi camino desordenado.

Tal vez penséis que ya olvidé, aunque no sea cierto. Nadie tiene la culpa más que yo de que creáis así. Que no lama mis heridas – por orgullo, por vergüenza, por pudor, por gusto – no significa que no las lleve tatuadas en la piel de la memoria.

No quiero estar expuesta a ti ni a nadie.

Por eso me exhibo.

Tú no vas a descubrirme porque yo ya no me escondo.

No quiero que te acerques, porque ya lo hiciste. Y no entendiste mis luces, no prendiste colores en mis días, no soltaste mis sueños a volar. No aprendiste mis sombras.

Voy a explicaros mi coraza. Iré desmontándola poco a poco, pieza a pieza. Hasta quedar desnuda frente a todos.

No me digáis quien me conviene, ni cuando, ni para qué. Si ya lo sé, no me lo digas. Puedo verlo. Puedo verte mirándome de lejos. Puedo ver cómo. Puedo ver la forma. Puedo ver por qué y adivinar lo que sientes. Verás mi espalda si insistes, esquivándote.

Aún no quiero, aunque mienta. No sé hasta cuándo. ¿Quién puede saber eso?  

Pero no me oculto, no te confundas, no me hace falta. Por supuesto que estoy dispuesta, preparada para que llegues, pero no cuando otros lo decidan. Aún es pronto para dejar que tu traición no me haga daño.

No sé qué ropa quiero ponerme. Siento frío y aún no resuelvo si quiero abrigo o no.

Debo asegurarme, por intuición, de que ya es tiempo. Cuando te abrace, lo haré tan fuerte que asustaré. Y estarás preparado al igual que yo, porque si has llegado despojándote de ropas y calzado, tendrás llagas como las mías.

Me muestro como soy, aunque dé miedo la sangre de mis heridas. En el camino, mis pies dibujan con ella la serpiente que peca sin conciencia, la que se aleja, sin pisar el suelo, de la niña que fui y que duerme tranquila en su cuna. Siseando silencios a mi oído cuando estás cerca. Silencio por respuesta al ruido de tus ojos.

Que me miran, desnuda.

Holly

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Sólo a ratos.

Nunca he sido tu prioridad. Nunca pensé lo contrario.

Yo permanecía entre otras historias pasajeras, pero eso no significaba que fuera la definitiva en tu vida. Siempre supe que encontrarías a otra que cambiaría las cosas.

Jugué mis cartas lo mejor que supe, de la única manera que era posible jugar contigo. Gané muchas manos. Casi todas. Asumo mi derrota en esta partida, aunque no me considero una perdedora. Ya habrá otras, con otros adversarios, en otras mesas, en otro tiempo. ¿Iguales a las que jugué contigo? No lo sé. Parecidas, seguro.

Cuando estábamos juntos, no necesitábamos de bonitas palabras para amarnos. Cuando nos separábamos, tampoco eran necesarios subterfugios; sencillamente se acababa, tú te ibas, yo me iba, fin. Hasta la próxima. O no.

Esa variante siempre estaba presente en mi vida. Imagino que en la tuya… No, en la tuya no. Tú no te lo planteabas nunca. Yo ni siquiera formaba parte de la disyuntiva. No era una opción. Así que recibir una llamada tuya al día siguiente estaba descartado. No la esperé jamás. Y jamás se produjo.

A veces me pregunto qué hubiera hecho si tú hubieras decidido reaccionar de distinta forma, si hubieses actuado radicalmente en modo opuesto a lo esperado y hubieras vuelto al día siguiente a por mí. No hubiera funcionado. Nuestra relación, si puede llamarse así, era puramente sexo ocasional. Una vez cubierta la necesidad, no tenía sentido alargarlo. El día después tú ya no me necesitabas, yo tampoco a ti. O eso creo.

Era bueno, estaba bien follar contigo. Esperar sin esperarte es un arte del cual yo soy experta. Y disfrutarlo tal como se da, una habilidad innata en mí. Ahora voy a tener que olvidar mis especialidades, por lo menos las referentes a ti. Tal vez te eche de menos, o tal vez no. Acostumbrarse a no esperar nada imagino que ayuda a vivir los días igual los unos que los otros, sin distinción de situaciones: aunque ahora sé que no estarás una noche en mi cama para desaparecer al día siguiente, la certeza de que no estarás en mi vida diaria es la que era, sigue siendo la misma. Por eso, supongo que habrá momentos en los que piense en ti, cómo en estos instantes lo hago.

Cuando esté sola, sólo a ratos.

Holly

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Sed de piel

Intento recordar cómo era sentir otra piel en la mía. De todos los recuerdos, ese fue el primero en irse.

Lo echo de menos.

Más incluso que tu boca o tu mirada.

Echo de menos el roce de una mano con mi brazo en una caricia descuidada. Ya olvidé la sensación de pertenencia a otro que provoca el contacto de una piel que no sea la mía propia. Hundirme entre tu pecho y tu cuello, dar mi espalda al viento áspero que azota mi pequeña vida en las noches desiertas. Sentir tus brazos cruzándose alrededor mío, para fundirme con tu tibiez.

Echo de menos ese escalofrío que sobreviene al tacto de unos dedos dibujándome, y que precede irremediablemente al placer de ser descubierta de nuevo en cada pliegue de mi piel.

Extenderme sobre otro. Invadir su cuerpo. Fusionarme a su contacto y poseerlo.

Y ser poseída.

Saldré cada noche a buscarte. Y me arrastrará la vida hasta la cima de la montaña más alta, pero llegaré sola y abatida porque no te has cruzado en mi camino. Ni las piedras, ni las ramas de los árboles, ni los campos de cereales que, al pasar, rozaron mis piernas desnudas, mi cara, mis brazos, mis ojos, mi pelo, podrán consolarme.

Nada. Nada de eso es comparable.

Y gritaré fuerte al viento que me abrace. Abriré mis brazos, incitante. Que venga a por mí y cimbree mi cintura, y se retuerza conmigo y me arquee hasta agotarme, hasta dejarme los ojos llorosos, la melena enredada, las mejillas heridas. Aunque mi piel siga vacía.

Me dejaré caer ladera abajo, canchal abajo, hasta el valle.

Y río abajo. Hasta el mar, mar abajo.

Vida abajo.

Y volveré hecha unos zorros a casa, ensangrentada y fría, con ganas de que me abracen.

En un rincón oscuro. En plena calle. En una noche corta y calurosa. En una tarde naranja y dorada de octubre. En la mañana luminosa. Bajo la mesa de un banquete. Sobre la cama de una celda. Junto a la puerta de un hotel. Sumergida en espuma de baño. Entre el silencio de la nieve. En medio de la música del bosque. Con la cadencia de las olas. Con el misterio de las sombras. Al ritmo de un saxo de jazz.

Anhelo llevar tatuado en mi piel otra olor mezclada con la mía. El rastro de ese pequeño acto de amor guardado en la cajita que me estrecha y apretuja cuando no lo necesito, pero lo quiero.

Buscaré el abrigo entre tus brazos, la única calidez que bebería mi piel sin saciar nunca la sed. Porque lo echo de menos.

Me haré un ovillo y seguiré esperando.

Muerta de sed.

Holly

 

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