La cara de arriba (Handle with care) XVI

 

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XVI

 

– Mamá… estás muy callada.

– mmm? Ah, bueno, voy concentrada en la carretera.

– Ya.

– ¿Quieres que paremos?

– ¿Quieres tú?

– Sí, creo que sí.

Pisó varias veces el pedal del freno para avisar a Gregorio y disminuyó la marcha hasta parar en la cuneta, él se acercó con la moto y se puso otra vez en paralelo. Lucía habló con él a través de la ventanilla.

– Voy a parar, me apetece caminar un poco. Adelántate tú si quieres.

– Vale, me gustaría encontrar a mi padre.

– ¿El abuelo está en el pueblo? – Dijo Brisa emocionada.

– No lo sabemos cariño. No te hagas ilusiones. – Le contestó Lucía.

– ¿Has pensado algo?

– Sí. Me gustaría contárselo a solas.

– Está bien. Ten cuidado con la carretera.

– La conozco como la palma de mi mano.

– De todas formas… ten cuidado.

 

Gregorio se fue. Las dejó solas para que Lucía pudiera contarle a Brisa lo que su abuelo, loco como una chota, pretendía hacer con su padre. Temía el encuentro, la verdad. Nunca se habían llevado bien. Siempre era Marcelo el que hablaba con él cuando había que pedirle algo o comunicarle una noticia no del todo agradable. Es decir, todas, ya que nada era agradable para él. Condujo una hora, ni siquiera paró a saludar a Juan, y llegó a la entrada del pueblo. Veía el campanario de la iglesia por encima de los tejados de las casas. Decidió no pasar por el medio, así no cruzaría la plaza. No tenía muchas ganas de encontrarse con Pepe. No sabía donde estaría su padre, si es que estaba allí. Dio un rodeo entre las callejuelas y salió por el otro lado de la carretera, cogiendo el camino hacia la casa. Lo hizo despacio, recordando cuando lo recorrió en la otra dirección con Lucía montada a su espalda. Se detuvo en la curva, desde allí se veía la loma donde la vio por primera vez, al lado de Marcelo. Muchas de las tardes que pasó allí aquel verano volvieron a su mente. Se deshizo de esa sensación de pesadumbre y reanudó la marcha. Al llegar a la entrada de la cerca paró la moto, quería entrar a pie. Había un montón de flores de colores plantadas a ambos lados de ella, y se sonrió. Abrió la cerca y empezó a empujar la moto hasta el pajar, entonces una voz de mujer le dio el alto.

– ¡Eh! Esto es una propiedad priv… ¡Dios bendito!… ¡Pero si es Gregorio! ¡Madre mía, madre mía! ¡Gregorio!

Y se sintió rodeado de unos brazos fuertes y rechonchos que terminaban en unas manos redondas y suaves que le atusaban el pelo como cuando era niño. Flora había salido a su encuentro y lo abrazaba con tanta fuerza que casi se caen ella, él y la moto. No pudo más que reír.

– ¡Flora! No has cambiado nada, jajajaja, por ti no pasan los años.

– Ni por ti, sinvergüenza. Míralo, pero si estás más guapo que… anda ven aquí que te pellizque, que aún no me creo que te esté viendo con estos ojos que Dios me dio. ¿Pero cuantos años tienes ya? Tú debes andar por los cuarenta, ¿verdad?

– No me lo recuerdes, Flora… pero ¿qué haces aquí?

– Pues apañar la casa, que voy a hacer.

– Así ¿tú ya estás al corriente de la barbaridad…?

– ¿Barbaridad? Que dices chiquillo, que vengan las niñas no es una barbaridad. Desde que se fue Lucía con la pequeña Brisa que este pueblo ya no es lo que era, te lo digo yo, que sé de que me hablo. Pepe anduvo como alma en pena por lo menos, por lo menos, un año…

– Flora… me gustaría entrar en la casa, ¿está abierta?

– Sí… Lo está, lo está, toda acabadita de limpiar, como tu padre quería. Cuando no estoy, está cerrada, pero dejamos a los perros por si viene alguien, aunque por aquí, quien va a venir, como no sea el Eusebio o yo o Pepe, que se da una vuelta todos los días caminando. ¿Vienes a quedarte? Menuda sorpresa se llevaran las niñas cuando te vean. Brisa no debe ni conocerte, ¿a que no?, hay que ver.

– Flora… Necesito hablar con mi… padre. ¿Está dentro?

– ¿Tu padre?

– Claro, ¿está dentro? ¿Dónde está?

– Ah… Tu padre. ¿También viene él? No me ha dicho nada, bueno, tampoco me dijo que vendría Lucia ni Brisa pero yo entendí que si me mandaba limpiarla otra vez era por…

– Flora, ¿por qué no entramos?, estoy cansado del viaje. Y sí, Lucía y Brisa vienen, las encontré por el camino. No creo que tarden en llegar.

– ¿Sí? ¿Como están? Guapa, ¿verdad? Siempre ha sido muy guapa, no me extraña que tu hermano se enamorara perdidamente de ella. Y mira que tiene buen corazón y de la manera que la trató el viejo rancio de tu padre, haciendo que se fueran de esa forma, sin una explicación ni nada, que mira, ya me perdonarás porque es tu padre, pero eso no se lo perdono yo jamás de la vida…

Él volvió a sentirse otra vez celoso, de Pepe, de Marcelo, de todos. ¿Es que no iba a acabar nunca? Ellos habían tenido la oportunidad de amarla, todos menos él.

– Por favor, entremos de una vez.

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2 pensamientos en “La cara de arriba (Handle with care) XVI

  1. buenos dias,hoy con dolor de cabeza,cuando se bebe ya se sabe jjejeje.Pues no caigo que podrian hacer toda una noche Pepe y Lucia…¿Jugar al parchis?… Es broma..Un beso-globo y prometo no beber mas….esta visto que no puedo salir de un refresco sin

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