La cara de arriba (Handle with care) XXII

 
 

XXII

 

Lucía estaba sentada en la banqueta del piano, ¿estaría afinado? Ella siempre había procurado que así fuera, aunque no supiera tocarlo. Había abierto la maleta y cambiado de ropa, también se puso una chaqueta de punto. Se levantó y miró por la ventana, no se veía a nadie, ya estaba muy oscuro, tendría que salir a buscarlos y preguntarles si querían cenar algo. Recogió la maleta y la guardó en el armario. Miró hacia el interior de la buhardilla, estaba oscura, nunca quiso poner luz eléctrica allí, le gustaba iluminarla con velas. Buscó donde solía guardarlas y encontró unas cuantas junto a una caja de cerillas, había tenido suerte. Encendió un par y las colocó en la ventana, luego se sentó en el suelo apoyando la espalda en la pared y cerró los ojos.

 


 

 

Gregorio subió la escalera y se acercó a la puerta de la habitación. No sabía si la encontraría allí ni que iba a decirle, pero sentía la necesidad de estar cerca de ella. Distinguió a oscuras el piano ocupando un lateral de la habitación, en diagonal. No pudo evitar sentarse frente a él, levantó la tapa y tocó una canción, su canción. La que siempre tocaba, la que sonó desafinada cuando lo descubrieron los dos en la buhardilla, la que tocaba siempre en primer lugar con su guitarra en la calle, la que cantaba su nombre. No vio el resplandor de las velas con su temblor típico hasta que se dio la vuelta para salir a buscarla en otra habitación. Subió los escalones y allí la vio, dormida, apoyada en la pared bajo la ventana.

 


 

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Se despertó en su cama arropada con un mantón. ¿Cuándo se acostó?… ¡Las velas! Se levantó de un salto y subió los cuatro escalones hasta la buhardilla, estaban apagadas.  ¿Qué hora debía ser? Los porticones estaban cerrados y… no recordaba haberlo hecho ella. Salió al pasillo, todo estaba en silencio, bajó la escalera y se vio los pies descalzos, ¿Brisa, tal vez? Había estado sentada en el suelo al lado de la ventana, ella no podía llevarla hasta la cama y descalzarla. Se había quedado dormida, eso seguro, pero como había llegado hasta la cama… de eso ya no se acordaba. Como bajaba a oscuras y pensando en esas cosas no vio a Gregorio que la observaba desde la puerta de su habitación. La oyó levantarse y salió a su encuentro, pero una vez fuera… se contuvo, no se atrevió a hablarle. Tal vez su padre tenía razón, huía de la verdad por que le daba miedo confesar que la amaba y ser rechazado. Lucía acabó de bajar la escalera y entró en la cocina, todo estaba en su sitio, ¿no había cenado nadie?, era increíble. Buscó su bolso, recordaba que lo había dejado en el banco de la entrada, bajo el arco. Sacó su móvil, eran las tres de la madrugada. Uf! Ya no podía llamar a Elvira y mucho menos a Jorge. Jorge… estaba segura de que a la vuelta de las vacaciones lo dejarían. “¿Me importa?” Pensó… “No. Creo que no.” No iban bien, nunca fueron bien, a quien quería engañar. Él hubiera preferido que ella no tuviera a Brisa, eso desde un principio. Le gustaba viajar, siempre lo hacía, por trabajo y por placer, a la mínima oportunidad. Al principio él le proponía que lo acompañara pero ahora ya nunca lo hacía; aunque no lo culpaba, ella casi siempre le había dicho que no. No le gustaba dejar a Brisa por mucho tiempo, aunque sabía que la niña con Elvira estaba bien. Ahora aún iba peor la cosa. Él le había dicho una noche volviendo a casa después de una cena, que no entendía porqué siempre anteponía a la niña a él y añadió: “Sobre todo sabiendo que no es hija tuya, la verdad, lo entiendo menos.” Ella sí que no lo entendió. No entendió que pudo ver en él. Se arropó con el mantón que aún llevaba consigo y salió a fuera. Hacía frio, pero se estaba bien, así que se sentó en el banco bajo la acacia. No había nubes y se veía la vía láctea, esos cientos de miles de millones de estrellas tan lejanas y se sintió tan pequeña como una gota de agua, más que eso aún, se sintió nada. Ella dejaría de existir y al universo no le importaría nada, no cambiaría su destino, seguiría extinguiéndose como ella solo que muchísimo más lento.

– Lo que daría por saber que piensas…

Se asustó, no esperaba a nadie despierto a esas horas y mucho menos a él.

– Me has asustado.

– Perdona. ¿Puedo sentarme? – Ella asintió con un gesto y él se sentó a su lado. Estuvieron un rato en silencio, solo se oía el ulular de algún búho lejano. Luego él continuó hablando. – Me gustaría poder plegar el tiempo, como si fuera un papel. Lo doblaría haciendo coincidir la línea deseada con la que escribo ahora, así reescribiría líneas de mi vida que me gustaría haber escrito de otra manera.

– ¿Para qué? No merece la pena…

– ¡Oh, si! Si la merece. Volvería a escribir aquella noche.

– Todas las demás líneas hubieran sido distintas entonces y ahora… quizá no estaríamos aquí.

– Pero estaríamos mejor.

– O peor.

– De todas formas, yo, plegaría mi papel… ahora mismo. – Gregorio dejó el banco para agacharse delante de ella y le cogió las manos, como esa misma mañana en la gasolinera. – Lucía… pliega tu papel. Volvamos a escribir aquella noche, pero de otra manera, con otro final.

Ella pensaba en las cartas que escribió Marcelo en aquella época, en cuando las leyó y supo el motivo por el que se fue Gregorio y lo mucho que lloró entonces. Pensaba en lo que hubiera pasado si él no se hubiera ido, si no hubiera renunciado a ella por su hermano. Si su madre no hubiera empeorado de repente y ella se hubiera quedado unos días más… Pensaba en Gabriela y todo lo que debió dolerle saber que el hombre que amaba, no la amaba a ella si no a su mejor amiga y a pesar de eso, llevar en su vientre una hija suya y parirla. Pensaba en Marcelo y lo que debió pensar él al caer por el barranco aquel día. ¿Cómo podía reescribir eso? ¿Qué cambiaría? ¿Volvería Marcelo a tener vida? ¿Una de verdad?

– No se puede cambiar este final, Gregorio. Nunca le devolveremos la vida a tu hermano.

– Pero si la nuestra.

– Ya tenemos una vida…

– ¿Seguro?

– No puedes esperar que después de trece años yo…

Él dejó caer derrotado su cabeza en el regazo de ella, cerró los ojos y empezó a llorar en silencio. Todos estos años no perdió la esperanza, se daba cuenta ahora, de que si se encontraban algún día él la abrazaría y ella a él, que sentiría el mismo amor por ella que aquel verano. Y por su parte así había sido, pero por la de ella… no imaginó que ella… ya no sintiera nada. Después de trece años, nada. Notó sus dedos enredándose en su pelo.

– Es increíble que no tengas ni una sola cana, aún sigue negro como el azabache.

Él levantó su cara para mirarla y ella se la tomó entre las manos y lo besó. Él la rodeó con sus brazos por la cintura, saboreaba su boca, húmeda y dulce, con ese sabor que aún recordaba y sus manos recorrían la piel de su espalda bajo la ropa, se adentraban en su pelo largo y rizado de color granate y atraían hacia sí su cuerpo. Se separó de ella y la cogió de la mano, se levantaron y la hizo subir los escalones tan deprisa que ella le dijo: "No tengo piernas de dos metros… ve más despacio." igual que lo hizo hace trece años. Él se giró a mitad de la escalera para besarla de nuevo y enseguida volver a subir, deprisa otra vez. Con urgencia, por que la tenía. Tenía ganas de ella, de besarla, de recorrer su cuerpo con su boca, con sus manos, de sentirlo suave y sudado chocar contra el suyo, amándose sin fin… por fin.

 

Brisa entró en la habitación como siempre lo había hecho de pequeña cuando su madre se levantaba más tarde que ella, con la intención de meterse en su cama y acurrucarse a su lado. Además había llegado la ambulancia, lo que quería decir que su padre estaba allí… necesitaba más que nunca hacerse un ovillo a su lado, ni que fueran unos segundos.

Una sonrisa invadió su cara y volvió a salir al pasillo, con un poco de suerte no la habrían visto entrar. Deseó que así fuera, para que continuaran abrazados por mucho tiempo. Iría a buscar al abuelo, él seguro que la abrazaría mientras bajaban a su padre y lo instalaban en la habitación de abajo…

 

 

 

FIN DE LA TERCERA PARTE

                                                                                                                                   

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4 pensamientos en “La cara de arriba (Handle with care) XXII

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    Entrada Blog: Amor… Yo te amo
     
    ´´´.´´´·:::::·´´´.´´´,.•´¨`•.( -.- ).•´¨`•.,¸`•–•-¨( “)(“ )¨-•–•´ 
    NO SE PUEDE OLVIDAR A UN ÁNGEL

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  3. No. Lo besa ella, como la primera vez. Fue ella. Cuando releas fíjate, ya verás.
    Quizá el abuelo pretendía eso…jeje…
    Pues ahora mismito salgo por la puerta a… no te lo digo, que aquí no queda nada fino, jajajajajajajaj, en fin, que cuando acabe me voy para allá, guárdame un sitiooooooo.
    Un beso globo descomunalmente grande, ea.

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  4. Que cabeza dura es Lucia,menos mal que Gregorio….ella le coge la cara y zas el otro por fin se lanza jajajaj ..Juer menudo momentazo para el abuelo trayendo a Marcelo a casa…seguro que le da un patatus jejeje.
    Un beso-globo con sál, me voy a la playita ¿Te vienes? venga coge la toalla perezosa…

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