Espías de mentira 4

 
 

Espías de mentira

 

4

 

Ella se colgó de su brazo y los dos echaron a caminar juntos. Tenía la chica unos andares alegres, como si trotara en pequeños saltitos y sonreía mirando al frente, a los escaparates, las entradas, a los balcones de ambos lados de la calle, al cielo… era como si descubriera a cada paso y por primera vez cada loseta del pavimentado o cualquier ventana pintada de alegre color y ese nuevo hallazgo le causara un inmenso placer.

– ¿Me lo vas a contar o no?

– ¿Qué?- Se dejaba arrastrar por el entusiasmo natural de ella, pero aún estaba algo confuso.

– Estás raro, de verdad, Martín tiene razón… por cierto, ¿a que hora habéis quedado?

– Quedado. ¿Para qué?

– Para cenar, ¿Martín ha ido esta mañana a tu casa, verdad? Es capaz…

– Perdona Ana pero, ¿te importa si te dejo aquí? Es que tengo cosas que hacer y… eemmm, a las ocho. Creo. Hemos quedado a las ocho, sí.

Empezaba a caminar cuando Ana volvió a formular una pregunta que lo dejó atónito.

– ¿Vendrá tu amiga? La del bar de la otra noche.

Se giró hacia ella.

– ¿Tú la viste?

– Era imposible no verla, jamás había visto a nadie vestida así. Era original, la verdad…

– Ana, te dejo, ¿vale?- Ya se alejaba pensando en llegar a casa cuanto antes para abrir el libro por la página 45 y leer, cuando Ana volvió a dejarlo k.o.

– Vendrá Marta… ¿le digo que traiga el vino?

Marta. ¿Quién coño la había invitado? Seguro que ella misma. No le apetecía ver a Marta, lo más seguro es que viniera con su novio, Guillem, un estúpido del partido ecologista que creía que si utilizabas muchas veces los mismos calcetines sudados salvabas al planeta de la hecatombe. No, daba igual; tenía que largarse, leer y releer. ¿A quien le importaba que su ex se presentara en su casa sin ser invitada y encima con su nuevo novio? Le daba igual que tuviera un novio pero… joder, que se enrollaron al día siguiente de ellos dejarlo: “lo siento, no es culpa tuya ni de tus aires de superioridad, omnisciencia y prepotente inteligencia, soy yo que no me aclaro, perdona, me llevo el LP de Sopa de Cabra, es mío, tú me lo regalaste, no te importa, verdad? me trae recuerdos, ya te llamo cuando esté centrada…” , que más daba, que viniera, nunca le habían gustado los Sopa… él tenía que leer.  ¿Y si lo hacía allí mismo? Pues sí, lo hacía. Abrió el libro y empezó a recitar en voz alta y clara ante la mirada sorprendida y curiosa de la gente que pasaba por su lado en la acera.

– “Erase una vez un individuo, de nombre Harry, llamado el lobo estepario. Andaba en dos pies, llevaba vestidos y era un hombre, pero en el fondo era, en verdad, un lobo estepario. Había aprendido mucho de lo que las personas con buen entendimiento pueden aprender, y era un hombre bastante inteligente. Pero lo que no había aprendido…” – Aquí paró y contempló con sorpresa que todos lo miraban en silencio. ¿Qué hora es? – preguntó a Ana.

Ella miró su muñeca y respondió:

– Casi las doce.

La chica lo miraba desconcertada, tal vez no debiera haber mencionado a Marta, pero estaba segura de que Martín no lo había hecho y era mejor que él lo supiera de antemano. Se lanzó a recitar como un poseso en mitad de la calle solo de oír que ella venía, así que si se llega a presentar sin que él estuviera al corriente… no quería ni pensar lo que podía pasar.

– Tengo que irme, Ana, es tardísimo.

– ¿Tarde para qué? ¿Le digo lo del vino… pues?

– Dile lo que quieras…

Él contestó yéndose, si llegaba a casa pronto, tendría tiempo de hacer una lectura rápida.

 

Caminó absorto, pensando en Hesse, en Harry, en la mujer del bar, en Edgar el hombre del traje gris, en Marta y él. ¿Qué pintaba él en todo eso? Y ¿qué pintaba Marta? Nada, a ella la tenía que sacar de la cuadrícula, no suponía una variante en la ecuación. Pero Ana la mencionó y ya daba por culo en su cabeza. No por ella ni lo solo que se sentía sin ella. Tampoco por culpa de ella y su marcha, si no por el hecho de que oír su nombre le hacía dar mil vueltas en si lo que pasó fue por su incapacidad para mantener relaciones, queriendo o sin querer, o sencillamente ella era una egoísta que no supo comprender sus necesidades, ni sus manías, ni sus cambios de humor, ni su mutismo, ni sus inquietudes artísticas, ni su falta de romanticismo, ni el poco gusto al escoger su ropa, ni el olvido de los cumpleaños, ni la sed de saber más y más y más a todas horas, incluso las cuatro de la mañana. Ya estaba distraído con ella, igual que cuando vivían juntos, en el fondo le agradeció que se fuera, porque así él recuperó el espacio que necesitaba para sus libros, sus experimentos, sus pinturas, su ropa desparejada, sus viajes, sus cds, sus mapas, sus cuadros, sus fotos, para pensar a sus anchas… mierda. En el fondo, él era un Harry, completamente insatisfecho de su existencia vacía e insustancial, la cual se empeñaba, en vano, de atestar de actividades falsamente relevantes. Por lo menos la sentía así desde hacia algún tiempo.

 

Llegó a casa en media hora. Subía los escalones cansinamente, como si alcanzar el siguiente rellano fuera conquistar la cima del Everest. Tampoco es que la llegada a casa le comportara algo más que el frescor de la penumbra al salir del odioso sol del medio día o un ligero rozar de la cola de su gato al pasar entre sus piernas ronroneando, no porque se alegrara de verlo por ese simple echo, si no porque quería comida.

– Falso, hipócrita, tendría que haberte puesto otro nombre… Anda quita de ahí, esa es mi butaca.

Al abrir la puerta su gato hizo lo que hace un gato y él se quejó, aunque después de sacarlo de su butaca le puso de comer en el balcón, al lado de los geranios secos.

– Maldita mariposa de los geran… a ti te da igual, ¿verdad? – Él acariciaba al gato y este se dejaba acariciar, hasta que el olor y el apetito gatuno pudo más que el placer de las caricias de Gerard, entonces el gato apartó su lomo, esquivo y maulló quejándose, luego metió el hocico en el cuenco, ignorándolo. – Te comes la comida igual de rápido, el entorno es circunstancial, si te pongo el cuenco en otro sitio, comes lo mismo. Como si cambiaras de restaurante.

Al fin se sentó en la butaca, ya comería más tarde. Y leyó. Primero repasó el libro en su totalidad, le había ido bien eso de aprender a leer en diagonal. Luego fue a la página que indicaba el posa-vasos y leyó de nuevo en voz alta, al gato no le importaba, aún daba buena cuenta de su comida, además, ya estaba acostumbrado a oír su voz.

– “Tranquila me miraba la oscura pared de piedra, envuelta en niebla profunda, hermética, hondamente abismada en su sueño. Y en ninguna parte había una puerta, en parte alguna un arco ojival, sólo la tapia oscura, callada, sin paso. (…) ”Buenas noches tapia; yo no te despierto. El tiempo vendrán que te derribarán… pero entretanto aún estás ahí, aún eres bella y callada y me gustas”. Surgiendo ante mí una oscura bocacalle… un oscuro individuo… vestido de blusa azul…” – ¡Dios! La calle y el individuo… ¿a que era él? Entonces, ¿qué relación puede tener él tal Edgar y la mujer? ¿Y si no son reales? Puede que vuelva a tener visiones. Imagino cosas raras. Vaya descubrimiento, estoy leyendo un libro que encontré en la granja de aquí abajo… y hablo con mi gato. Pero el posa-vasos existe.

Metió la mano en su bolsillo del pantalón (había salido sin chaqueta por la mañana, no entendía como es que luego llevaba una) y allí estaba. Lo llevaba encima desde aquella noche. De vez en cuando metía su mano en el bolsillo y lo acariciaba con la yema de los dedos. Era extraño, pero eso le daba seguridad, le hacía tranquilizarse. Era como si el posa-vasos poseyera una fuerza misteriosa e inexplicable que lo hacía permanecer en este mundo y no en otro imaginado o soñado, lo ataba por las puntas de sus dedos a la realidad. O eso creía.

 

 

 

 

Bueno, ha costado, pero ya está.

 

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7 pensamientos en “Espías de mentira 4

  1. No Odry, nunca he tentado la suerte en una ouija….bastantes imbecilidades comete uno como para ponerse a hacer el oso en esos menesteres.. Solo cuando te escribi el coment, se me antojo ese simil al recordar el posavasos puñetero…  Y nada mas…que voy a tender una lavadora y me meto en la cama que estoy cansao ya de Lunes…       
    Xao…  bs.

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  2. Pues si,ya llegue..no tengo muchas fotos pues hasta  eso quise dejar por unos días…La historia te la has currado ,no encuentro donde agarrarme jajajaja.Un superbesoglobo…Marina

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  3. ¿Por que me gustará tanto venir por aqui? ¿por tus relatos o porque siento que parte de ti siempre está presente? Besos, esta vez por debajo de tus gafas. El color ya sabes que siempre lo puedes elegir tú.
     
    Besos desde la España verde del norte.
     

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  4. A ver, Tony 1º… la ouija?? tú has jugado alguna vez con una cosa de esas?? Jolines, qué yuyu me dan a mi!!Solo de pensar en espíritus y cosas de esas me pongo mala. Aunque ese es directamente con el demonio, que se habla, no? En fin, sin comentarios.
    Y no podría darte por pensar que se ha fumado un peta?? Digo yo….
    Un beso.
     
    Toni 2º….. HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH
     Todas para ti, así cuando se me olviden, las vas colocando, jaajajajajaajajajajajajajajaj, perdón, perdón,perdón,perdón….. es un vicio que (no sé por qué motivo lo tengo, pero que le voy a hacer) tendré que rectificar, uf!  Pero si no fumo!!
    Un beso.

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  5. Ay ay ay…. holly a costado a costado, mira que tiro el delantal y el gorro otra vez. por lo demas ya sabes que me gusta. un besote a la galtona, y no fumis tant. toni

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  6. Ese posavasos se asemeja al circulo de una ouija….todo es misterio a su alrededor para al final encontrarse con la nada…  Felicidades Odry..¡¡  tienes madera de letras.
    Besos.

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