Espias de mentira 6

 

Espías de mentira 

 

6

 

Había dejado a Ana con la palabra en la boca, ni siquiera contestó. Después de correr unos metros tras la mensajera inalcanzable, decidió volver, sin aliento y desanimado. Su amiga lo esperaba con semblante serio en el portal y por como cogía su enorme bolso ya sabía que desaprobaba su actitud. Ana era de ese tipo de personas de las que se sabía con certeza que era capaz de atizarle a uno con cualquier arma arrojadiza… incluido el bolso que colgaba de su hombro, por grande que fuera. Por desgracia para él, también era de las personas que no paraba de hablar mientras hacía cualquier cosa, te contaba lo que fuera aunque no viniera a cuento; ahora sí que no podía pensar. Estando ya en el piso, recogía un paraguas del suelo y lo colocaba en el paragüero, cambiaba de lugar un cuadro que no le gustaba por otro que sí, amontonaba libros que encontraba diseminados por doquier en un rincón en el suelo al lado del sofá, buscaba las sillas dispersadas por todas las habitaciones del piso y las reunía alrededor de la mesa… ¡Oh dios! la mesa. Estaba recogiéndolo todo y además sin ni siquiera preguntar donde iba cada cosa, eso sí, sin parar de hablar. Le iba a dar un ataque. Se llevó las manos a la cabeza desesperado y se tropezó con el sobre. Se había olvidado por completo de él con todo el jaleo de seguir a la mensajera y luego Ana recogiendo cosas. Miró a ver quien se lo enviaba, pero no había remite. Vaya. Fue a buscar las tijeras de la cocina para abrirlo, así de paso dejaba de ver como Ana destruía su “caos organizado” de encima de la mesa. Con lo que le había costado encontrar una armonía, ya casi lo tenía, solo le faltaba hacer la foto desde el ángulo perfecto; joder con Ana, claro que cualquiera le decía nada con el mal genio que gastaba cuando se enfadaba. Rebuscaba en un cajón y el gato salió de su escondite al oírlo, se le acercó y se dedicó a dar vueltas enredando en sus pies. El pobre lo miraba asustado, o eso creía él.

– Sí, ya sé, hace ruido… ¿a ti tampoco te gusta que te toquen tus cosas, verdad? Que le vamos a hacer, Ana es así. Aunque luego te hace unas caricias y la perdonas cabroncete, así que no te quejes.

Encontró las tijeras y cortó un lateral del sobre. Parecía que guardaba varias cosas, así que lo vació sobre la mesa de la cocina. Lo primero que le vino a la cabeza al contemplar todos aquellos objetos, fue la de estar viviendo un juego retorcido manipulado por alguien que tenía demasiado tiempo para pensar… o para perderlo. Después fue tocando uno por uno los objetos, separándolos entre ellos. Giraba cada uno examinándolo del derecho y del revés; se demoraba, palpándolos, como si esperara que cada objeto en cuestión le transmitiera un mensaje que le ayudara a desenmarañar un poco todo aquel embrollo.

– Dime que aparte de la trementina te gustan los sudokus… porque parece que tenemos que usar la mollera.

Como si lo hubiese entendido, el gato dio un ágil salto y se puso a olisquear las cosas. Lo más grande de todo era una libreta de espiral con las páginas en blanco pero numeradas a mano hasta el nº 99. Después un tubo de pintura al óleo, casualmente del mismo color que el borde del posavasos, amarillo indio. Una llave pequeña, de taquilla, también con el número 99. Una entrada para un concierto de la Filarmónica de Berlín para el día siguiente, interpretaban la novena de Beethoven… Un ramillete de orégano silvestre envuelto en papel de periódico. Un lápiz. Y por último, una cinta de grabar.

– Vaya tela.

La libreta era igual a las que él utilizaba para tomar apuntes, de hecho, parecía una de ellas, solo que el trazo de los números no era el suyo, y evidentemente no era una libreta acabada de comprar. No estaba utilizada, pero no era nueva. El tubo de pintura era de la misma marca que él gastaba para sus pinturas, también podría haber sido suyo, aunque ya casi nunca empleaba ese tono; lo evitaba porque le traía recuerdos de otros tiempos que le resultaban dolorosos. Tiempos en los que ese color era su preferido y abusaba de él en todos sus cuadros. La llave le recordaba a la de una taquilla de un gimnasio, un colegio, o tal vez un apartado de correos. En cuanto a la entrada del concierto… la filarmónica, Beethoven y Zúrich, si no tuviera que coger un avión, la aprovechaba. Aunque se olía alguna relación con el lobo estepario de nuevo. El orégano era un ramillete recientemente cortado, sus hojas no estaban secas, tal vez por el periódico, debía ser su función. Lo cierto era que ese objeto en cuestión lo tenía desconcertado, solo le decía: ensaladas o pizza. Claro que, bien pensado, nada de todos aquellos objetos tenían porqué tener una relación directa con él. Aunque si no la tenían, no entendía que hacían en su posesión. El lápiz era un stadler, de los de toda la vida, esos negros con rallas amarillas o viceversa. Y la cinta de grabar…

-¿Piensas quedarte en la cocina hasta que vengan todos o vas a salir a echarme una mano?

Ana lo sacó de sus pensamientos de un puntapié. Con lo bien que iba.  Incluso el gato pegó un bote de la mesa y se escabulló hacia un destino oculto. Pero tenía razón, debían ser casi las siete y él aún no había hecho nada. Solo pensar. Pero, ¿por qué dedicaba tanto tiempo a pensar esas cosas? No entendía muy bien que era lo que le empujaba a hacerlo, y se veía enredado cada vez más en un absurdo juego, como si de una broma se tratara. ¿Y si alguien se estaba burlando de él? Pero, ¿con qué motivo?

– ¡Venga! El comedor ya está listo, ahora me voy a repasar tu…

– Ana, ¿donde está el libro?

– …habitación, ¿qué libro?, coge la ropa y metete en el baño, porque cuando acabe con…

– El libro que había en la butaca, una primera edición de lobo estepario, es muy importante Ana.

– …tu cuarto me meteré en él y no saldré hasta que brille todo como el oro.

– Ana…

– Lo habré dejado con los otros, en la pila. Es verdad que estás más raro de lo habitual, al final pensaré que Martín tiene razón y ya sabes que yo no suelo dársela nunca…

Recogió con sumo cuidado todos los objetos de encima de la mesa y los devolvió al interior del sobre, buscó en la pila hasta dar con el libro y lo guardó todo junto en la habitación de las pinturas, luego obedeció como un corderito. No tenía ganas de escuchar más a Ana. Debajo del chorro de agua de la ducha se veía todo distinto, tal vez ella y Martín tuvieran razón. Él era raro y veía cosas extrañas en cualquier parte donde solo había coincidencias y casualidades. Tal vez todo aquello solo eran suposiciones suyas, tal vez la chica del bar de copas no lo mirara a él, y si lo hacía, fue por puro aburrimiento. Tal vez él deseaba que ella lo mirara de otra manera porque el que se aburría era él mismo. Tal vez la chica de la granja no fuera la misma del bar de copas, ni la mensajera se parecía sospechosamente y a él le pareció que sí, tal vez se dejó el libro olvidado de verdad. Tal vez el hombre del sombrero y traje gris era una ilusión suya. Tal vez fue caminando hasta la funeraria él solo, tal vez no fuera una funeraria y sí un laboratorio fotográfico donde restauraban fotos y tal vez él mismo las llevara allí; Ana también lo reconoció en ellas. Tal vez el sobre era una equivocación de la empresa de paquetería y en realidad no fuera dirigido a él. Tal vez las letras en el posavasos no existieran y solo él pudiera verlas.

Sintió urgencia por salir de la ducha nada más pensar eso. Necesitaba leerlas, tocarlo, olerlo de nuevo. Necesitaba creer que no estaba volviéndose loco ni paranoico.

 

Fueron llegando como de costumbre, en un goteo relajado, elástico, donde cada uno de sus amigos parecía escoger su minuto de gloria, su entrada triunfal. De esa manera se aseguraban un recibimiento único, exclusivo, una atención especial de su parte, una palabra escogida para ellos solos. Luego se juntaban en el interior de su piso y charlaban entre ellos mientras entraban y salían de la cocina al comedor, del comedor a la terraza, de la terraza a la cocina… dejaban los platos o bebidas que cada uno portaba para contribuir en la cena, se intercambiaban cumplidos sinceros, miradas de gula, de apetito. Al principio eran dos, tres, Ana, Martín, Pep y la conversación era relajada, luego llegaban cuatro, cinco, Carla, Javier y con ellos las palabras se convertían en discusiones animadas, donde todos tenían razón y la perdían al segundo siguiente, para encontrarla en el lado opuesto del que la habían dejado. Cuando las diferentes exquisiteces culinarias – tortillas variadas, ensaladas, pasteles salados, algún que otro plato oriental llegado de la mano de algún despistado que no se había enterado que hoy la cena iba de cocina nacional – se iban terminando junto con las bebidas, las palabras parecían acabarse también, pasaban a una especie de letargo esperando los postres. Ese momento era el que más le gustaba a él, se relajaba y observaba a sus invitados o sus anfitriones, según el bando en el que le tocara estar. Esa noche no había ido tan mal como él creía que iba a ir. Cuando llegó Marta con Guillem los recibió amable, hasta estrechó la mano de él sin rencores, aunque guardando las distancias. Trajeron una botella de Cune. Él había opinado siempre que era un vino flojo, sin demasiada presencia y demasiado amable, excesivamente suave. Ella lo sabía, por eso lo trajo, estaba convencido, pero no quiso darle importancia y no lo hizo. También trajeron un postre elaborado por Guillem, una especie de galletas ecológicas preparadas con avena y no sé cuantas harinas más, todas ellas carecían de los transgénicos de los cojones y eso debían transferirles un sabor especial, según ellos. Marta se había “convertido” al ecologismo, igual que su novio. La encontraba estúpida e insustancial, no entendía como pudo estar durante más de cuatro años conviviendo con ella. Aún así, la velada caminaba tranquila por un sendero sin baches ni curvas pronunciadas. El gato se había reconciliado con Ana y se dejaba acariciar por esta, emitiendo ronroneos de placer descaradamente. Alguien se ofreció a preparar el café y otro sacó unos flanes de manzana de no sabía donde, no los había visto llegar, pero estaban buenos, suaves y dulces al paladar y eso que llevaban sidra, la cual aborrecía.

Entonces Marta vio el cuadro. Seguía colgado donde él lo había puesto, sobreviviendo a la mudanza de lugar a la que Ana había sometido a todos sus enseres. Hasta ese momento, no había vuelto a pensar en el sobre, ni en el posavasos, ni en el libro. Cuando salió de la ducha, envuelto en una minúscula toalla, y después de rescatarlo de la bolsa de basura donde Ana lo había tirado después de encontrarlo encima del mármol de la cocina, y tras la consiguiente mirada alucinada, mezcla de asco y desaprobación de esta, decidió que ya era hora de parar la rueda. Se vio desde arriba como en una esfera de cristal, envuelto en una ridícula toalla que apenas le tapaba las vergüenzas y rebuscando en el cubo de la basura. Patética estampa, la verdad. Así que metió el posavasos en un cajón del mueble del estudio, junto con el sobre y el libro. Y allí los dejó para olvidarse de ellos para siempre jamás. Hasta que Marta vio el cuadro… y pronunció la frase.

– ¡Uf! Ese cuadro, otra vez. Que pesadilla. Creía que ya la habías olvidado.

Pronunció las palabras con acritud. Entonces todos centraron su atención en el cuadro y en él, mirando alternativamente a uno y otro, preguntándose porque Marta lo consideraba una pesadilla y a quien tenía que haber olvidado él.

   

 

Al final Zúrich, aunque todo puede cambiar… aún. 

A pensar un rato más. 

 

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5 pensamientos en “Espias de mentira 6

  1. No leerlo???? jajajaj es como una gran ensalada ,vas picando y mas ganas te entran de comértela,me encantan,así que ya tienes a dos para comértelos a besos…Toni no le des ideas que ya tengo bastante con recordar todos los personajes jajajaja Lo del besoteg es por Zurich ?
    Un besoglobo,un monton que con uno no es suficiente…Marina
    PD  Menuda cena..galletas ecológicas,Cune,flanes de manzana, tortillas,pastelitos salados y para rematar algún plato oriental !!!Los quieres matar!!! claro ahora muere uno y zas el cadáver que pide Toni jajajaja

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  2. Y quien te ha dicho a ti que no hay un cadáver?  jeje, que ya lo tengo pensado, pero no te lo voy a contar todo, leches, que si no luego ya no tiene chiste leerse la historia!
    pd. qué es un memento? El mensajero a ser posible, que no sea inalcanzable.

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  3. bueno pues me lo he leido. aunque yo no descartaria que se plantara en zurich, porque no? tal vez en zurich esten las respuestas. me ha gustado la entrada, aunque para un neofito puede ser muy larga, como tu dices. pero ya sabes que aqui unos incondicionales leemos lo que haga falta. me gusta que pongas el misterio con historias pasadas. a ver si tengo un memento de mi vida y te mando un mensajero, porque para ser espias de mentira, hace falta un cadaver, una urgencia, una cuenta atras, un misterio para resolver.
    como me acabo de levantar no me aclaro y tengo que hacer la compra. un besoteng!!
    toni

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  4. Si os leeís todo esto…. os como a besos!! dios, cuanta letra!! jajajajaj,cuando he visto publicada la entrada… jopetas, yo si entro en un sitio y tengo que leer tanto, me agobio y me largo! Así que lo dicho, os meriendo a los tres.
    Besos.
    pd. si no me veis… es que estoy sin red.

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