Nunca llueve de mentira

Siete

Hablaban todas a la vez, las vio a través de los cristales del restaurante, sentadas en la barra, esperándola. Dejaron las palabras suspendidas cuando ella entró. Llevaba tejanos oscuros, botas camperas de tacón alto – rescatadas del fondo del trastero – y blusa negra. Hacía calor a pesar de haberse pasado más de medio día lloviendo, así que las mangas las llevaba remangadas por debajo del codo y su vieja chaqueta de piel marrón colgada del brazo. El pelo, al cual no había habido manera de devolverle algo de volumen después de la lluvia, se lo recogió en un moño con unos palillos chinos de laca roja encendida, como la sangre. Como jamás llevaba bolso para salir a cenar, había sacado el paquete de cigarrillos rebuscando en el bolsillo interior de la chaqueta antes de decidirse a entrar. Sara le echó una mirada asesina. Ella lo había dejado hacía escasamente seis meses y ver a alguien con un pitillo entre los labios aún le resultaba doloroso. Vio en sus caras algo parecido a la intriga, mezclado con algo de preocupación después de ver como se encendía el cigarrillo. Carmen dejó el tabaco cuando conoció a Gabriel y desde entonces no había vuelto a fumar. Lía la miraba a los ojos. Al interior, muy al interior, pasando de largo la sombra negra que se había pintado en los párpados y esquivando hábilmente el rímel más que abundante de sus pestañas. Ya no se preocupaba del maquillaje ahora que se había más que acostumbrado a convivir con sus arrugas, pero hoy, sin saber ni querer saber porqué, había fundido su mirada con la oscuridad de la noche. Después, solo un poco de colorete y brillo de labios.

– Eres odiosa. – Le dijo Sara. – Tú no necesitas volver a fumar para bajar los kilos cogidos después de dejarlo.

No. Nunca se engordó después de dejarlo. Al contrario. Perdía kilos con cada pérdida. Perdió la costumbre de fumar, la soltería, después la felicidad, más tarde la dignidad y la pareja todo junto, luego otra vez la soltería y ahora, de nuevo la pareja. Claro que eso ellas aún no lo sabían. Todas esas pérdidas habían ido cobrando su factura en kilos, hasta dejarla consumida en un mero recuerdo de lo que fue. Lo único que ella creía no haber perdido eran sus manías. Por lo menos así lo pensaba. Seguía odiando creer que necesitaba sentirse feliz consigo misma y encontrar a alguien que también lo fuera consigo mismo, para poder unir y compartir esa felicidad mutua. Seguía odiando los bolsos grandes y los pequeños y a los tipos machistas al volante, odiaba las muñecas “barbies”, tanto las reales como las de carne y hueso. A pesar de que ella pudiera haber parecido una de ellas en algún momento de su vida. Odiaba tener que seguir sola a pesar de estar sola solo porque ella así lo había decidido. Pero, ¿tenía que seguir acompañada a toda costa? ¿Por qué? ¿Para qué? Por nada y para nada. Odiaba hacerse planteamientos filosóficos y tener deliberaciones sobre dudas existenciales cuando salía de cena con sus amigas y tomar decisiones precipitadas en un arrebato después de una copa en un bar, pero seguía pasándole. Una y otra vez, una y otra, se veía llevando bolsos enormes a veces, pequeños otras y hasta juntos a la vez; seguía topándose con energúmenos al volante a los cuales seguía obsequiando con toda clase de procacidades; seguía trabajando con muñecas “barbies” a sus ordenes y asemejándose a una, aunque ya menos, ahora Carmen estaba mucho más anoréxica que ellas; y seguía sola y comiéndose la olla en todas sus cenas. Pero sobre todo, seguía tomando decisiones precipitadas al toparse con una verdad.

Una vez sentadas a la mesa Lía le cogió la mano – ella siempre se sentaba a su lado – gesto que la hizo girarse y mirarla de frente. Así pudo preguntarle a bocajarro lo que la tenía preocupada. “¿No estás enferma, verdad?” Bueno, realmente no podía contestar afirmativa ni negativamente a esa pregunta. ¿Quién puede afirmar taxativamente que está en su sano juicio después de dejar a dos hombres fantásticos? Por lo menos lo que la mayoría de mujeres considerarían fantástico. De hecho, ya era algo a tener en cuenta el que ella no considerara fantástico nada de lo que rodeaba a esos dos hombres, ni tan siquiera a ellos. ¿Quién aseguraría que eso no le había afectado para nada? ¿Apostaría alguien el sueldo de todo un año a que su salud no se había resentido? ¿Por qué estaba tan delgada entonces? Como no podía contestar ni si ni no, ni todo lo contrario – más que nada porque esa contestación, a parte de haberla hecho servir en muchas ocasiones, hubiera provocado un severo discurso sobre el pobre sentido que para ella tenían los términos “amiga” y “preocupar” cada uno por separado y también ambos juntos – optó por contarles un cuento. Empezaba con una pobre patita fea-sufragista entrada en kilos que conocía a un príncipe azul en zapatillas acompañado de su fiel escudero, Sancho Polo – “Un momento, ¿no era Marco Polo?” Dijo Sara, “Marco estaba ocupado buscando a su mamá en los Andes, aunque más tarde mi Sancho y tu Marco se encontraron, pero calla, que la que cuenta el cuento soy yo” contestó Carmen – una noche que ella salía a cenar gusanitos con sus hermanitas patitas, todas ellas lindísimas. Paró un momento porque el camarero trajo los primeros; el pobre estaba más que acostumbrado a oírlas hablar de chuminadas, pero no era plan de provocarle al pobre un cubrimiento de corazón con sus surrealismos. Luego siguió: la patita fea-sufragista se convirtió en cisne-princesa y no vivió feliz comiendo perdices por que prefería seguir comiendo gusanitos mientras Sancho Polo le recitaba con palabras de color verde la Odisea según Kafka por entregas, muy espaciadas en el tiempo, pero mucho mejor que las perdices. Hasta que un día la lluvia la hipnotizó cual manzana de cenicienta y la patita-cisne-princesa se comió a Sancho pensándose que era un gusanito. Y encima, la lluvia, se llevó al príncipe azul en su escoba. Entonces estuvo con indigestión hasta que fue al médico a por jarabe para la tos y resultó ser otro príncipe azul y blanco – algo tenía que haber que los diferenciara – en zapatillas que sabía recitar la Odisea, esta vez según Freud. Se llamaba Marcos y aunque sus palabras no eran de color verde, desde pequeño había vivido en los Andes – mientras buscaba a su mamá – adquiriendo un acento que embelesaba. “Me he perdido, mi Marcos y tu Sancho no se han encontrado, creo.” Protestó Sara. “¡Shht! No avances acontecimientos”, dijo Carmen. Y siguió. Parecían felices. A pesar de que las hermanas patitas tenían patitos bebés y ella no, eso no le importaba. Tenía otras cosas, materiales, pero qué más daba. El príncipe con acento dulce le había enseñado un espejo y se había dado cuenta de que era mucho más guapa, más lista y más rica que ninguna otra patita-cisne, cosa que le subió mucho la moral. Hasta que la lluvia-bruja mala volvió y trajo con ella al primer príncipe, Sancho Polo. Lo escupió unas calles más abajo junto a una princesa muy muy joven, mucho más que él – y que ella, por supuesto – y se lo restregó por las narices a la pobre patita-cisne para que se diera cuenta de que tampoco es que ella fuera algo fuera de lo normal, vamos, que más bien era una patita-cisne del montón. Y del montón malo. Y viejo. Y solitario. La patita-cisne se mojó con la lluvia. Se mojó mucho durante mucho rato. Y tomó una decisión. Otra vez hipnotizada por la lluvia-manzana, pensó ella más tarde. Pero daba igual, ya estaba hecho y no quería dar marcha atrás. Abandonó al príncipe Marco y compró un billete para una isla desierta.

– Emigro, como los patos.

¿Qué? Dijeron todas al unísono. ¿Se estaba refiriendo a que se iba de vacaciones? ¿No? ¿Más prolongado? ¿Qué quería decir, que se iba? De la ciudad, del país ¿por qué? Y dejaba a Olivier, ¿era eso cierto? ¿Qué había pasado?

– Estoy harta de la lluvia.

Ni que decir tiene que intentaron hacerla entrar en razón, convencerla de que todo tenía una solución y que casi siempre pasaba por ser algo más sencillo que una marcha precipitada de tu casa, tu ciudad o tu país. A no ser que fueras una asesina a sueldo, claro está. Pero ella podía darse unos días. Para reflexionar. “De eso nada”, les dijo ella. Ya lo había hecho demasiado tiempo, ya estaba harta, repetía. Después de cenar poco o nada, se la llevaron al mismo local donde pidieron las mismas copas, donde los mismos hombres con las mismas intenciones utilizaban las mismas estrategias enquistadas para conseguir las mismas conquistas – solo que esta vez era a ella a quien asediaban – y donde acabó de cerciorar de que lo mejor era marcharse lejos, cambiar de verdad de una vez por todas. Con su misma copa de cerveza Krombacher en la mano, esperó, deseó, por una última vez escuchar la frase pronunciada a su espalda en un susurro verde alienígena que acostumbraba a dar un tumbo siempre a su vida en situaciones semejantes: “Patético, es patético.” Pero eso no ocurrió esta vez. Ella no estaba en la barra apoyada, si no que se encontraba en mitad del local rodeada de príncipes-sapos esperando el beso de la princesa. Y sus amigas. Que no paraban de repetirle que cometía una locura. Además, Sancho Polo tenía otra espalda a la que susurrar frases verdes. A eso de las tres decidió que ya tenía suficientes argumentos en su favor como para poder irse – sin ningún tipo de remordimiento – tranquila a casa, su casa, a dormir. Sola. Más que nuca. Pero también sosegada. También más que nunca. Empezaba a llover de nuevo.

– No deberías conducir en ese estado.

Abría la puerta de su coche cuando la voz hizo que las llaves acabaran en el suelo mojado y que ella maldijera en su interior al estúpido que la había asustado de esa manera. Y a eso se giró encendida, a soltarle una retahíla de las suyas. Pero se quedó en mera intención.

– ¿Te llevo?

Continuará…

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15 pensamientos en “Nunca llueve de mentira

  1. sigo leyendo… esto es lo bueno de entrar despacio… q una se traga dos de golpe… y el sabor es mas intenso.La patita fea-cisne princesa me ha encantado…me ha encantado!!!apa…voy a por la otra entrega…q bien se lee a estas horas!

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  2. (jajaja, Luis yo me lo copio y lo pego sobre blanco, que si no cuando me levanto de aquí miro la fregona y se estira y se encoje, como si me hubiera fumao algo yo tb)

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  3. He venido antes de que cuelgues el siguiente, que luego me pierdo. Yo tmbién tengo una pregunta ¿qué le has metido en el cigarrillo a la Carmen? jajajaja, vaya cuento surrealista que se ha echau. A ver, aver, … me he dejado crecer las uñas para podermelas morder mientras espero a ver si la lleva…Besicos

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  4. LUIS …escribió: Hola Holly:Jodé, y luego soy yo el del colirio… y lo más grave es que es la sèptima entrega… ¿de cuantas?… ains…Bueno y… ¿huirá de la lluvia para siempre o se comprará un paraguas que no le caberá en su bolso y la tomará también con los paraguas? ¿volverá a fumar? ¿hará una contradieta para coger algunos kilitos? y, otra cosa… ¿el que la quiere llevar viste un polo y quiere conquistarla en un marco incomparable?… Demasiada información para mi solitaria neurona… Besoooooos.

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  5. jajajjaa holli yo me estoy quitando la mania de leer por el final y mira gracias a tus relatos lo estoy consigiendo jajaja a si q si se acaba porque se tiene q acabar jajaja entonces me gustará, ; ) y si no es asi tb ; ) jajaj me gustan tus relatos aunque el final no me guste jajaj lo entiendes verdad??? jajajajjajaa

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  6. jajajjaja, burbu… al igual el final no te gusta… y se acaba porque se tiene que acabar, que era un cuento corto!!! y no veas como lo he alargado. besitos

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  7. huolass, jajaj sancho polo? oyes a donde se va??? lo sabremos en el 6?? porque ya se acaba??\’jo esta muy bien que intringulis…. besotes tic tac..

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