A weird dream

Me desperté bañada en sudor y sin embargo, tiritando. Había vuelto a soñar con él.

Mis sueños casi siempre tenían banda sonora. Esta vez, mientras imágenes cada vez más  surrealistas y psicodélicas se sucedían en mi subconsciente, sonaban las Valkirias a toda leche. Tal vez ese era el motivo por el cual me dolía tanto la cabeza. Ese, y que mi sueño no había sido para nada reparador: me había pasado cuatro horas corriendo alocadamente, de una forma frenética, siguiendo pistas absurdas y arrastrada de la mano detrás de él.

(Clicar con el botón derecho) Las Valkirias de Wagner

Salté de la cama, y en un intento de mitigar mi excitación, el dolor de cabeza y el frío, abrí el grifo de agua caliente de la ducha y me metí debajo del chorro con la camiseta que suelo llevar para dormir. Totalmente empapada esta vez de agua, decidí que ya había tenido bastante por esa noche, así que aunque fueran poco más de las cuatro de la madrugada, no me metí de nuevo en la cama para dormir. Total, tampoco iba a descansar demasiado si volvía a soñar.

Era un sueño recurrente, en el que aparecía siempre él en diferentes situaciones. Un hombre alto, de pelo oscuro y ensortijado, con barba cerrada y mirada esquiva; de pocas palabras y carácter sombrío. Y siempre vestido de negro. Con una extraña casaca larga y cruzada, de botonadura doble, como si fuera un capitán de barco.

Me hice un café y me lo tomé sentada a la mesa de la cocina. Cerré los ojos un momento, lo juro. Tan solo unos segundos, los necesarios para inspirar el aroma de mi taza de café. Cuando los abrí estaba sentado frente a mí, mirándome fijamente. Ahí, en mi silla de fórmica amarilla, al otro lado de mi mesa de la cocina, los brazos apoyados sobre ella y las manos entrelazadas. Como esperando su taza de café para reanudar una conversación interrumpida por una llamada inoportuna. Una conversación que jamás habíamos tenido, dado su poco afán por las palabras.

La verdad es que no esperaba verlo estando despierta, así que me dio un buen susto. Él no movió un solo músculo, esperó a que mis latidos tuvieran un ritmo normal y recuperara el aliento, luego cruzó los brazos sobre su pecho y se echó hacia atrás en la silla, recostándose en el respaldo.

Mi café estaba frío, ya no olía a nada. Aún así llevé mi taza a los labios y sorbí un poco. Luego arrugué la nariz y me levanté a tirar el resto por el desagüe del fregadero. Qué pena de café. Giré sobre mi misma de golpe, esperando que él hubiera desaparecido, que fuera un producto de mi imaginación, pero no, seguía allí sentado en la misma posición. Ese tipo debía ser un maniquí poseído o algo así.

Barajé varias opciones:

1- ignorarlo y meterme de nuevo en la cama, ya que despierta también lo veía, no merecía la pena trasnochar;

2- preguntarle qué hacía sentado en mi cocina, aunque supiera de sobras que él no iba a contestar;

3- prepararle una taza de café.

Pero no me dio tiempo a elegir entre ellas, él tenía otros planes y me lo hizo saber… a su manera. Se levantó tirando mi silla amarilla al suelo, agarró firmemente mi mano y empezó a caminar.

Continuará…

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