Todo empieza y todo acaba.

Despunta el día y tú aún duermes. Me gusta mirarte desde el otro lado de la cama, a tu lado. Respiras pausadamente, segura entre las sábanas, desnuda bajo ese fino manto protector. Hace escasamente unas horas, nuestros cuerpos danzaban juntos un baile armónico, moviéndose acompasados, en una sincronía perfecta, maravillosa. Me estremezco de lo feliz que soy de tenerte conmigo, de que estés aquí, para siempre.

Has dejado de mirarme. Por fin. Cada vez me resulta más difícil aguantar tus ojos pegados a mi piel, llenos de amor y devoción por mí. Me siento sucia y ruin, y me invaden unas ganas apremiantes de salir de la cama y restregar fuertemente todo mi cuerpo con un guante de crin y jabón, para liberarme de este sentimiento de culpa que me viste entera.

Me levanto muy despacio para no despertarte. En la cocina preparo el desayuno. Cuando entres por la puerta querrás matarme, y si abro la boca para decirte “buenos días”, me soltarás un bufido… morderías al primero que se te cruza en tu camino, así que preparo un café y tostadas para que empieces el día de buen humor y te recibo sin palabras, a la espera del cambio. Incluso eso me gusta de ti. Y me satisface ser el que genera en ti la transmutación a la persona que eres el resto del día.

Odio desayunar, y lo sabes. Aún así, cada día engullo esa taza de café aguado con leche y mordisqueo una tostada. “Guardo la otra para el camino”, te digo, y luego me libero de ella en la jardinera de enfrente. Los pájaros se harán cargo del resto. Un beso fugaz y estará hecho. Me habré ido hasta la tarde. Frente a mí se presentan diez horas de desconexión en el trabajo, y otro par más hasta tu llegada a casa del tuyo.

Paso el día en la oficina, sentado al ordenador, concentrado como puedo en números y fórmulas abstractas. A pesar de los años que hace que estamos juntos, no disminuye en mí la sensación de flotar al recordar una sonrisa tuya, el sonido de tu voz acariciándome. Hoy he preparado una sorpresa. Recibí una llamada de aquella pareja que coincidió con nosotros las vacaciones pasadas, y los invité a cenar. También vendrán tu hermano y su novio, será una velada como las de antes, con risas y conversaciones animadas, hasta bien entrada la noche, como a ti te gusta. Sé que hace tiempo que no las tenemos, estamos los dos tan ocupados con nuestros trabajos que olvidamos como éramos al principio.

Pero hoy será distinto. Ayer fue mi último día en el trabajo, hoy solo iré a recoger algunas cosas que dejé metidas en cajas, por quitárselas de en medio a mis compañeros. Volveré cuando tú ya te hayas ido y haré mi maleta. Solo me llevaré algo de ropa y la vieja Hispano Olivetti que compramos en un rastrillo en Vigo. Para cuando llegues ya hará horas que me habré ido. Te escribí una carta, que dejé en una de las cajas que recogeré en el trabajo. Tal vez reúna el valor necesario para dejártela en la cocina, así la verás cuando te pongas con la cena, pensando que yo fui al gimnasio, como cada día desde hace medio año, a la vuelta de las vacaciones. Pero solo tal vez… quizá la deje en el buzón, cobardemente esperanzada de que no la abras hasta que empieces a notar mi tardanza y te dé por mirar la correspondencia.

Quiero que todo sea perfecto esta noche. He encendido las lucecitas de la terraza contigua al comedor, hace buena temperatura y será agradable mantener las puertas abiertas, dejando que el anochecer suave de la ciudad entre a cenar con nosotros. Pronto llegarán los invitados, y juntos esperaremos a que llegues del gimnasio, extenuada, como cada día, pero radiante, feliz. Encargué comida, para no tener que andar en la cocina, y pasé por casa de nuestro amigo joyero, a por un regalo muy especial. Quiero esta noche que sea un nuevo principio en nuestra vida. Y quizá en un futuro, recordemos este día como el primero de nuestra pequeña familia, la línea de salida hacia esos pequeños trocitos de ti y de mí que tanto ansío.

Ya está. Ya lo hice. He salido de una vez por todas del bucle en el que íbamos metidos a la catástrofe de una relación sin sentido. Desde que conocimos a Judith y Guillermo en Capri, todo ha ido hacia el desastre. Lo sé. Pero ¿qué puedo hacer, si siento lo que siento por él? ¿Si me hace volar cómo nadie lo hace? Ni tan siquiera tú al principio… Paso los días pensando en las dos horas que fingiremos estar en el gimnasio, y que en realidad fundiremos en una sórdida habitación de una pensión, que convertimos en el paraíso cada vez.

Algo me dice que no estás bien. No llegas y todos empezamos a pasear inquietos por la estancia. El novio de tu hermano cuchichea algo mirando distraído las cartas que recogí del buzón. Judith lo mira, aburrida de esperar con la copa de vino en la mano, sentada en el sofá con las piernas cruzadas. Tiene ojeras y está más delgada, ella dice que son las horas que pasa trabajando, demasiadas, pero yo la veo triste. Y me da pena. Siento que ella no pueda obtener la felicidad que tu y yo compartimos.

Conduzco excitada de encontrarme con él. Es mi bálsamo a la locura absurda de mis días. No estoy acostumbrada a circular a estas horas, y pillo todos los embotellamientos de la gran ciudad en hora punta. Parece que todos confabulen en nuestra contra, como si quisieran hacernos infelices de por vida, alejando la hora de nuestro encuentro minuto a minuto. Cuando llego, él está esperándome hace rato ya. Me abraza y me siento en casa, por fin. Noto como tiemblan sus fuertes brazos y estoy segura de que él nota como lo hago yo también. Lloramos nerviosos de estar juntos. No importan las horas de viaje que nos quedan hasta nuestra nueva vida. Porque todo empieza ahora. Ya.

Tu hermano me ha dado la carta. Se extrañó tanto como yo de que su novio la encontrara entre las del banco y la propaganda. ¿Qué sentido tiene escribir a alguien que tienes al lado cada día, con el que te despiertas y te vas a dormir entre susurros? La mantengo en mi mano, confundido. Con la otra, jugueteo en el bolsillo de mi pantalón con la cajita de mi regalo. Judith se ha echado a llorar, en silencio, solo un recoger aire entrecortadamente entre lágrimas rompe la mudez del momento. Lágrimas que yo puedo escuchar recorrer sus mejillas. Guillermo tampoco apareció.  Y aunque nadie lo diga, aunque yo no haya leído tus palabras, todos lo sabemos. Todos nuestros días juntos pasan ante mí y ya los añoro, los veo alejarse vertiginosamente. Todo mi mundo se derrumba en este instante. Todo acaba ahora. Ya.

Holly

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