Mi gato se parece cada vez más a ti.

Arropada en el sofá, liada en la manta de colores que tejió mi abuela, con los calcetines menos sexis del mundo y los más viejos, y un libro apoyado en mis rodillas. Mi taza desportillada favorita con un humeante chocolate, mi música preferida en mi reproductor, y la luz rosada de la tarde invernal.

Gato viene a postrarse a mis pies en un alarde de melosidad pasajera, ya que, después de pasearse muy elegante por la página que leo y restregar su cola por mi cuello reclamando mi atención por un instante, salta al respaldo del sofá y me da la espalda, constatando su naturaleza gatuna pero advirtiéndome que, si le da la gana, puede ser zalamero como el que más.

Todo el momento en sí, me resulta tan idílico que tengo que dejar el libro sobre mi regazo; miro a mi alrededor, el comedor perfectamente desordenado, la temperatura, la luz, la compañía idónea… no quepo en mí de placer.

Tú estás haciendo ver que lees las noticias en tu portátil en el otro sofá, pero me parece que hace rato que dormitas; tu cabeza da sospechosos y repetidos saludos a lo nipón, y no creo que la noticia sea japonesa ni necesite de tanta solemnidad para leerla. Me hace sonreír.

Reflexiono y me doy cuenta de que ya hace más de dos años que viniste a pasar un fin de semana conmigo; trajiste un par de mudas y tu cepillo de dientes electrónico por comodidad, y poco a poco los viajes a tu apartamento en busca de una camiseta limpia, ropa interior, un calzado para la playa, la crema solar, la raqueta de tenis olvidada de tu madre, tus vinilos preferidos, dos o tres revistas de culto, tus bermudas favoritas o las pinturas y tu última tela eternamente inacabada, se fueron espaciando. Hasta que al final, yo misma te ayudé a trasladar todo lo que quedaba allí antes de dejar de pagar tu alquiler.

Gato y tú no hacíais muchas migas al principio. Ahora espera siempre encima de ti, a que despiertes y le pongas de comer; en tu lado de la cama, mirando subrepticiamente de no despertarme sin querer, después de haber saltado por encima mío para poder llegar hasta ti, constatando su preferencia. Tiene esa mirada casi humana, clarificadora de su humor y estado de ánimo en todo momento.

Vuelvo a mi libro, pero Gato ha decidido que hoy ya no leo más; ha dejado de mirar por la ventana y, bajando del respaldo del sofá, ha utilizado las páginas del libro como trampolín hacia ti, y ahora teclea sobre tu portátil alguna noticia mucho más interesante que la que tu veías. Mi libro ha caído al suelo con las páginas desordenadas y doblegadas en según qué sitios.

Me desenvuelvo de mi crisálida y estiro mis alas desperezándome, desplegando mi más poderosa arma de atracción masiva y de largo alcance: todas mis feromonas cargadas de felicidad y amor viajan a gran velocidad, expandiéndose por todo el comedor, llegando a ti. Y tú miras mi camiseta a rayas descolorida y mis gastados pantalones caídos como si fuera la combinación más seductora del mundo. Y sonríes. Gato te mira ladeando la cabeza, creo que no entiende tu mirada, pero luego me mira y al igual que tú, cree que mis brazos, junto con mis piernas, son el mejor lugar del mundo para guarecerse. Así que ahora, os tengo a los dos melosos a mi alrededor.

Sí, definitivamente, mi gato se parece cada vez más a ti.

Holly 

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6 pensamientos en “Mi gato se parece cada vez más a ti.

  1. No termino yo de tener muy claro si son las mascotas las que se parecen a los amos o es al contrario jjj jjj yo tenía un perro un “muy mucho” borde en la calle y un mimosote en casa, aíns…
    Como siempre sobresaliente el escrito y espectacular la música para acompañarlo, gracias, muchas gracias por escribir y compartir con nosotros.
    Un saludito mimoso cual gatito jjj jjj

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