En el espejo

Me pusiste delante de un espejo e hiciste que mirara mi imagen reflejada. Y luego preguntaste qué veía en él.

Tal vez no calculaste la magnitud de ese acto ni sus consecuencias.

Me insististe: dime lo que ves. Y yo lo hice.

Te dije que veía una piel ajada, llena de manchas, como pequeños continentes por los que mis sentimientos viajaron a lo largo de mi vida, dejando huellas y recuerdos. Unos buenos, otros… no tanto. Una multitud de arrugas en mi cara, canales de tristeza y alegría por los cuales navegué en su momento, riendo, llorando, disfrutándolos. Veía decepción en mis manos, por no haber podido retener tantas cosas; frustración en mis brazos, por haber perdido a tanta gente por el camino; un agujero en mi memoria, que se expande, oscuro, vaciando cajones, atemorizándome cada día un poco más; un nudo muy enredado en mi garganta, que amenaza con bajarse al corazón, lleno de hilos de colores apagados, con los cuales, en su día, tejí una manta para cubrir mi cuerpo solitario; unos labios llenos de sueños y deseos, unos cuantos alcanzados, otros que jamás se cumplirán, que bebieron de otras bocas arenas y sal; unos ojos llenos de sombras, que buscan sin cesar la luz en los demás. Hay también un vacío en mi estómago, hambriento de una brújula que lo ancle en mi centro; un fuego en mis entrañas, que quema mis ovarios y me deja estéril de otras vidas. Veo unos pies descalzos, apoyados en el frío suelo, que tiembla y me hace temblar; moviendo y resquebrajando todos mis nortes y mis sures; unos pies que me llevaron por el mundo de mi vida y me trajeron a ti. A hoy. A este momento.

Puede que quisieras mostrarme algo que tú veías y yo no, pero después de mirarme con mis ojos, llegaste aquí, donde realmente yo te quiero, donde te necesito: a mi lado, conmigo.

Y ahora eres tú el que me mira en el espejo.

Y ahora soy yo la que pregunta: Dime, ¿qué ves?

Holly

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Tan solo quédate

 

Me pides demasiado. Que yo decida por ti cosas que no puedo ni quiero decidir.

Me preguntas y ahora qué, y no voy a contestarte porque no tengo respuestas… o tengo demasiadas. No existe una sola, sino miles. Algunas mejores que otras, según cuando, según quien, según como.

Me miras confuso desde tu postura rota, por lo inesperado. No hiciste planes, ¿pensabas que tal vez yo sí? Improvisaba. ¿Acaso tú no? No irás a decirme ahora que te sorprende, que te asombra mi actitud.

Querías que fuera otra más, pensaste que sería sencillo. Está bien, pero no me eches la culpa de lo que te haya sucedido. Quizá ese fue tu error desde el principio, que yo fuera esa posibilidad que no te planteaste.

Y ahora, ¿qué somos? me dices. Qué somos. Podría decir que somos aire. El que se cuela entre tu cuerpo y el mío y nos envuelve. Que somos solo dos pieles distintas que se han unido bajo una sola circunstancia. Que somos nada.

En todo caso, yo no voy a darte solución. Bastante tengo con tomar la mía. Podría romperlo todo y construirlo de nuevo yo sola. Podría, pero no quiero. Asume tus dudas, afronta tus certezas, vence tus temores y defiende tu verdad.

Deja que siga dormida, sin tener que ver como todo ha cambiado mientras pasaba. No despiertes nada en mí, nada que pueda cambiarlo todo. Nada que transforme esto en algo. No prendas el fuego, porque echaré agua para apagar la llama.

Y ahora me preguntas qué vamos a hacer. Otra vez. En silencio, desde tu miedo. Y sigo sin tener esa respuesta, la que tú quieres, la que tú esperas, porque no la conozco.

En este silencio ensordecedor, lleno de posibles caminos equivocados, escucho tus palabras, suplicantes: tan solo quédate, quédate conmigo. Y me quedo, solo un rato más. Solo hasta que el sueño reparador te llegue. Porque lo único que podemos hacer es esto: nada.

Nada. Solo quedarnos.

Holly

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Desnuda

Soy así, tal como me muestro.

No lo hago por importunar a nadie, ni siquiera hago esta declaración para justificarme. No pretendo dañaros por no ceder yo, para no dañarme a mí.

No quiero deslumbrarte. Estoy segura de que te confundo. Pero no miento.

Quemé mi ropa, no necesito de vestidos. Camino despacio, descalza sobre un suelo hostil. En realidad, tampoco me importa, porque lo sé. Sé que estará cubierto de cristales rotos, y es por eso que dejé mis zapatos tirados por ahí, a mitad de mi camino desordenado.

Tal vez penséis que ya olvidé, aunque no sea cierto. Nadie tiene la culpa más que yo de que creáis así. Que no lama mis heridas – por orgullo, por vergüenza, por pudor, por gusto – no significa que no las lleve tatuadas en la piel de la memoria.

No quiero estar expuesta a ti ni a nadie.

Por eso me exhibo.

Tú no vas a descubrirme porque yo ya no me escondo.

No quiero que te acerques, porque ya lo hiciste. Y no entendiste mis luces, no prendiste colores en mis días, no soltaste mis sueños a volar. No aprendiste mis sombras.

Voy a explicaros mi coraza. Iré desmontándola poco a poco, pieza a pieza. Hasta quedar desnuda frente a todos.

No me digáis quien me conviene, ni cuando, ni para qué. Si ya lo sé, no me lo digas. Puedo verlo. Puedo verte mirándome de lejos. Puedo ver cómo. Puedo ver la forma. Puedo ver por qué y adivinar lo que sientes. Verás mi espalda si insistes, esquivándote.

Aún no quiero, aunque mienta. No sé hasta cuándo. ¿Quién puede saber eso?  

Pero no me oculto, no te confundas, no me hace falta. Por supuesto que estoy dispuesta, preparada para que llegues, pero no cuando otros lo decidan. Aún es pronto para dejar que tu traición no me haga daño.

No sé qué ropa quiero ponerme. Siento frío y aún no resuelvo si quiero abrigo o no.

Debo asegurarme, por intuición, de que ya es tiempo. Cuando te abrace, lo haré tan fuerte que asustaré. Y estarás preparado al igual que yo, porque si has llegado despojándote de ropas y calzado, tendrás llagas como las mías.

Me muestro como soy, aunque dé miedo la sangre de mis heridas. En el camino, mis pies dibujan con ella la serpiente que peca sin conciencia, la que se aleja, sin pisar el suelo, de la niña que fui y que duerme tranquila en su cuna. Siseando silencios a mi oído cuando estás cerca. Silencio por respuesta al ruido de tus ojos.

Que me miran, desnuda.

Holly

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Sólo a ratos.

Nunca he sido tu prioridad. Nunca pensé lo contrario.

Yo permanecía entre otras historias pasajeras, pero eso no significaba que fuera la definitiva en tu vida. Siempre supe que encontrarías a otra que cambiaría las cosas.

Jugué mis cartas lo mejor que supe, de la única manera que era posible jugar contigo. Gané muchas manos. Casi todas. Asumo mi derrota en esta partida, aunque no me considero una perdedora. Ya habrá otras, con otros adversarios, en otras mesas, en otro tiempo. ¿Iguales a las que jugué contigo? No lo sé. Parecidas, seguro.

Cuando estábamos juntos, no necesitábamos de bonitas palabras para amarnos. Cuando nos separábamos, tampoco eran necesarios subterfugios; sencillamente se acababa, tú te ibas, yo me iba, fin. Hasta la próxima. O no.

Esa variante siempre estaba presente en mi vida. Imagino que en la tuya… No, en la tuya no. Tú no te lo planteabas nunca. Yo ni siquiera formaba parte de la disyuntiva. No era una opción. Así que recibir una llamada tuya al día siguiente estaba descartado. No la esperé jamás. Y jamás se produjo.

A veces me pregunto qué hubiera hecho si tú hubieras decidido reaccionar de distinta forma, si hubieses actuado radicalmente en modo opuesto a lo esperado y hubieras vuelto al día siguiente a por mí. No hubiera funcionado. Nuestra relación, si puede llamarse así, era puramente sexo ocasional. Una vez cubierta la necesidad, no tenía sentido alargarlo. El día después tú ya no me necesitabas, yo tampoco a ti. O eso creo.

Era bueno, estaba bien follar contigo. Esperar sin esperarte es un arte del cual yo soy experta. Y disfrutarlo tal como se da, una habilidad innata en mí. Ahora voy a tener que olvidar mis especialidades, por lo menos las referentes a ti. Tal vez te eche de menos, o tal vez no. Acostumbrarse a no esperar nada imagino que ayuda a vivir los días igual los unos que los otros, sin distinción de situaciones: aunque ahora sé que no estarás una noche en mi cama para desaparecer al día siguiente, la certeza de que no estarás en mi vida diaria es la que era, sigue siendo la misma. Por eso, supongo que habrá momentos en los que piense en ti, cómo en estos instantes lo hago.

Cuando esté sola, sólo a ratos.

Holly

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Sed de piel

Intento recordar cómo era sentir otra piel en la mía. De todos los recuerdos, ese fue el primero en irse.

Lo echo de menos.

Más incluso que tu boca o tu mirada.

Echo de menos el roce de una mano con mi brazo en una caricia descuidada. Ya olvidé la sensación de pertenencia a otro que provoca el contacto de una piel que no sea la mía propia. Hundirme entre tu pecho y tu cuello, dar mi espalda al viento áspero que azota mi pequeña vida en las noches desiertas. Sentir tus brazos cruzándose alrededor mío, para fundirme con tu tibiez.

Echo de menos ese escalofrío que sobreviene al tacto de unos dedos dibujándome, y que precede irremediablemente al placer de ser descubierta de nuevo en cada pliegue de mi piel.

Extenderme sobre otro. Invadir su cuerpo. Fusionarme a su contacto y poseerlo.

Y ser poseída.

Saldré cada noche a buscarte. Y me arrastrará la vida hasta la cima de la montaña más alta, pero llegaré sola y abatida porque no te has cruzado en mi camino. Ni las piedras, ni las ramas de los árboles, ni los campos de cereales que, al pasar, rozaron mis piernas desnudas, mi cara, mis brazos, mis ojos, mi pelo, podrán consolarme.

Nada. Nada de eso es comparable.

Y gritaré fuerte al viento que me abrace. Abriré mis brazos, incitante. Que venga a por mí y cimbree mi cintura, y se retuerza conmigo y me arquee hasta agotarme, hasta dejarme los ojos llorosos, la melena enredada, las mejillas heridas. Aunque mi piel siga vacía.

Me dejaré caer ladera abajo, canchal abajo, hasta el valle.

Y río abajo. Hasta el mar, mar abajo.

Vida abajo.

Y volveré hecha unos zorros a casa, ensangrentada y fría, con ganas de que me abracen.

En un rincón oscuro. En plena calle. En una noche corta y calurosa. En una tarde naranja y dorada de octubre. En la mañana luminosa. Bajo la mesa de un banquete. Sobre la cama de una celda. Junto a la puerta de un hotel. Sumergida en espuma de baño. Entre el silencio de la nieve. En medio de la música del bosque. Con la cadencia de las olas. Con el misterio de las sombras. Al ritmo de un saxo de jazz.

Anhelo llevar tatuado en mi piel otra olor mezclada con la mía. El rastro de ese pequeño acto de amor guardado en la cajita que me estrecha y apretuja cuando no lo necesito, pero lo quiero.

Buscaré el abrigo entre tus brazos, la única calidez que bebería mi piel sin saciar nunca la sed. Porque lo echo de menos.

Me haré un ovillo y seguiré esperando.

Muerta de sed.

Holly

 

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Someone else

 

Cuando me levanto en la mañana fría y mis pies tocan fugazmente el helado suelo, y se deslizan hasta el cuarto de baño, tú nunca estás en mi mente. Luego el espejo me devuelve mi imagen solitaria, envuelta en la neblina húmeda del baño, y él viene a posarse en mi cuello. Tú sigues sin estar.

Me visto cada mañana para gustarme a mí misma, para gustarle a otro, y tú lo sabes. Aunque, no sé muy bien si tal vez, también lo haga por ti. Tal vez lo haga para gustarle a todos los “tus” que me aman en silencio. No has estado nunca en mi cama, y no sé si puedo decir honestamente que nunca se me pasara por la cabeza. Aunque no sé cuándo eso pudo suceder, quizá antes de esta vida.

Me siento bien conmigo misma, camino decidida hacia el trabajo, donde otro día más te llevaré hasta una tortura amable, delicada, sin ni siquiera saberlo. En la oficina, sacando un café de la máquina del pasillo, en la fotocopiadora del despacho, en la puerta del ascensor, en la silla de mi mesa, contestando el teléfono, redactando documentos, en la sala de reuniones. Tú nunca estás allí, aunque alguna vez aparezcas. Y me invites a un café de 60 céntimos. Y me ayudes a cambiar el cartucho de tinta. Y te subas conmigo al ascensor y bajes en otro piso. Y pases por delante de mi mesa cuando hablo por teléfono. Y recibas mis documentos en la sala de reuniones.

Nunca te imagino imaginándome. Nunca te veo mirándome a escondidas o de soslayo. Porque nunca te miro para verte. No escucho tu voz oscilar al pronunciar un buenos días, un buenas tardes, un buenas noches. No noto tu mano temblar al estrechar la mía. No percibo si tu respiración es agitada en mi cercanía. Porque nunca sabré que me amas.

Tal vez tus pies no sientan el frío suelo al bajar de la cama igual que lo sienten los míos, si no de otra forma. Más intensa, menos pasajera. Y cuando te mires al espejo, él te devuelva la imagen de alguien que no reconoces, pasados los años y los sueños, envuelta en espuma de afeitar, ajena a los vapores de mi cuarto de baño. Tal vez te consideres un estúpido por sentir esto a estas alturas, tal vez descubras que no puedes evitar sentirte tan humano, quizá tu corazón a esas horas, esté aún recubierto de una capa de hielo, puede que pienses que hoy, podrás mantenerla intacta, que no se derretirá conforme nos vayamos encontrando a lo largo del día. Tal vez te enfades al soltar mi mano después del último buenas noches, por ser tan ingenuo de pensar en mí de esa otra forma. Tal vez te enojes por perder el control e imaginarte a mi lado esta noche de invierno. Tal vez te resignes a juntar tu corazón derrotado a una copa de vino, en solitario. Y te metas en la cama sin querer pensar en mí, mientras yo me meto en la mía junto a otro alguien al que amo y que no eres tú.

Holly

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Distracciones.

Querido, querido mío.  

Te miro y me doy cuenta cada día, querido mío, que no te quiero. Nunca te quise. Tan sólo te solazaba, queriéndote como tú querías ser querido. 

Estoy dispuesta a dejarlo todo atrás. Me aburro tanto.  

Buscando. en cuanto tengo ocasión. alguna distracción. El peligro entretiene cuando es nuevo, pero… siempre se hace viejo, siempre vuelve a aburrirte. La última duró demasiado. Luego te sientes culpable. Por los dos. 

Fui al gimnasio esta mañana. Sudé mi ropa, purgué mi pecado.  

Y ahora me pregunto, querido, si alguna vez tú me quisiste a mi.  

No como a tu coche nuevo, o tu último Brioni, si no como se quiere a una mujer. Amando desde el principio al fin.  

Querido, querido mío. Tú no me quieres.  

Conduzco tu Aston Martin por la autopista, rápida, relajada, hasta llegar a la costa. El mar no devuelve las llamadas, yo tampoco. Pero insistes tanto. Quizá necesite más. Más de todo. Tal vez, querido, más no sea suficiente.  

Y entro en casa decidida a abandonarte. A la vida regalada, a los hijos perfectos, a las cenas con brillantes, a las vacaciones en el Heesen, a la equitación a lomos del mejor caballo árabe. 

De nada sirven el ramo de rosas perfectas recibiéndome en nuestro cuarto, ni el perfume caro sobre mi tocador. No me ablandan los brazos de las niñas alrededor de mi cuello, ni el beso húmedo de nuestro bebé rubio de mejillas sonrosadas y piernas rollizas.  

Es todo tan frio, querido, querido mío. Tan lejano. Tan aburrido.  

Calzada de Blahnik, vestida de Jacobs. No hay nada nuevo que me retenga aquí.  

Te veo en la puerta, esperando que yo baje el último peldaño, que pise el frio mármol, que cruce el hall hasta llegar a ti. A tu sonrisa seductora. A tus manos suaves y bien cuidadas, que acarician mi cuello y deslizan en él una gargantilla de Graff, blanca y amarilla. Un roce de tus labios en mi hombro, que me distrae.  

Otra distracción. Una más, querido. Querido mío. 

Ni yo te quiero, ni tú a mi.  

Querido mío.

Holly

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