Baila cómo tú quieras bailar.

Si quieres venir, ven. Si quieres quedarte, quédate. Si quieres irte, ve. Cómo quieras y cuando quieras. El tiempo que quieras.

Ven desnudo si hace falta, vestido de tus miedos si es necesario. Cuéntamelos si quieres, haré lo que pueda con ellos. Los juntaré con los míos. Si quieres, sólo si quieres.

Ven solo o acompañado, en mis brazos cabe un mundo, siempre que ese mundo lo necesite y se sienta a gusto entre el mío.

Se como tengas que ser. Estate como tú quieras estar. Triste, alegre, espontáneo, sincero, libre, sobre todo libre. Sin un plan establecido. Sin una cuerda que te ate. Sin fecha de caducidad.

Abre mi armario y deja tus cosas al lado de las mías. Trae tu cepillo de dientes hoy, y llévatelo mañana si quieres. Duerme a mi lado o en el sofá. Agarra la puerta si lo necesitas, o atráncala.

Piénsame cuanto quieras, quiéreme cómo quieras. Toma lo que yo te dé, utilízalo cómo tú veas. Guárdalo para siempre u olvídalo en un rincón. Mira todo lo que quieras o no mires nada. Escúchame, si quieres, cuando tú quieras. Desapréndete y apréndeme. Desapréndeme y apréndete. Échame de menos, o de más. Quédate un rato o para siempre. 

Vete y vuelve. Vuelve y vete. Las veces que quieras, las que necesites. Hasta cuando quieras. Equivócate y déjame equivocarme. Deja que te quiera cómo yo quiera.  

No me  esperes. No me interrumpas. No me pares. No me juzgues. No me calles. No me encierres. No veas por mí. No me vistas. No me pidas cambio.  No me pidas que deje de bailar.

Si quieres venir, ven. Y baila.

Holly

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A mí ya no me llames.

Voy con los ojos desbordados de tristeza, pintados de negro alrededor, vestida de rojo con pasión anhelada.

Intento permanecer  indiferente a la ausencia de tu llamada. Camino decidida hasta la puerta, y me rompo en mil pedazos en la calle. Antes de entrar a cualquier parte disimulando mis costuras remendadas, levanto la cabeza y me propongo no dejar que nadie vea que no existo. Y así mantengo a todos alejados, intimidados.

Y paso los días, las noches y los bailes en silencio, en solitario y sonriendo… menos cuando mi boca se cierra hacia abajo y mis ojos se abren para contener mis mares.

Cuando esto último acontece, veo cosas que de normal, no existen. Pastelitos rosas y blancos, de nata dulce, devorados por un goloso gigante. Nubes de algodón de olor etéreo, que adormecen al mismísimo diablo. Corazones de caramelo de colores, en las manos de un niño travieso. Distorsiono realidades grises para mi recreo, haciéndolas imágenes de cuento.

Así parece que todo es mejor. Así parece que solo yo no encajo. Así parece que, quizá, algún día, cuando mis pedazos estén solidificados, yo también seré un pastelito, una nube o un caramelo.

Pero ahora, ahora, aún recuerdo. Y mi yo del recuerdo no cabe dentro de ese pastelito rosa. Por eso visto de rojo y me pinto de negro y camino fría y inundo mis ojos. Me disfrazo de indiferencia.

Y no. Ya no me quiero. No quiero a ese yo del antes. Ni quiero a este yo del ahora. Ni quiero al de después. No quiero a ningún yo. No quiero a nadie. Ni tan siquiera a ti. Aunque vinieras disfrazado de aquel lobo, al que amaba, ya no. Ya no lo quiero.

Así que, a mí, ya no me llames.

Holly

Pd; Vuelvo a mi voz, y he aquí de nuevo, una Caperucita. Así serán a partir de ahora las cartas…
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La última carta.

Estoy aquí, parado en frente de un buzón viejo y oxidado. Sostengo en mi mano un sobre blanco, escrito de mi puño y letra, como se hacía antes.

Me veo absurdo, para la mayoría de gente que pasa por mi lado. No tanto por permanecer quieto delante del buzón, si no por sostener este sobre. Lo miro en mi mano, me resisto a introducirlo por la ranura que lo llevará a un lugar oscuro, tal vez frio, tal vez lejano… tal vez nunca llegue a ti. En la época del correo electrónico, y yo, escribo cartas. Cartas que nunca me contestas. Son mi último recurso.

Las lleno de palabras cargadas de esperanza. Espero que las leas, que las entiendas, para que te ayuden a perdonarme. Solo que, después de haberte escrito tantas veces, el optimismo con el que llenaba mi espera antiguamente, ha desaparecido. Cometí tantos errores, que comprendo tu indiferencia. Imagino que dedicas tu tiempo a otros, mucho mejor amantes que yo, más entregados al amor, a la pasión, al deseo, al romanticismo, a la dulzura de las palabras susurradas al oído… Puede que todo eso no vaya conmigo, aún así, lo echo en falta cuando no lo tengo. Me siento huérfano de, de, de… de ti.

Me confieso poco constante y no dejo de insistirte. Quiero tenerte pero me das miedo cuando te tengo. Mi cabeza y mi corazón, viven atormentados con mis contradicciones. Me equivoco cada vez que vuelvo a intentarlo. No sé cómo hacer para retenerte a mi lado cuando te tengo y te pierdo irremediablemente.  Luego me siento solo. Muy solo.

Como ahora.

Ahora que estoy delante del buzón, y una fina lluvia cae por mi cara, mi pelo, sobre mis hombros, moja mi ropa y cala hasta dentro, muy dentro de mí. Me llena de un frío húmedo, que se instalará en mi corazón hasta que llegues de nuevo. Y tendré miedo a perderte, y me aferraré a ti de una manera devastada, que hará que no funcione, sin poder hacer nada al respecto.

Pero no, no quiero adelantarme. Quién sabe si aún estoy a tiempo.

Te pido una última oportunidad, si es que existen las oportunidades en esto. Será la última. Mi última carta, mi última súplica, mi última vez, mi última enamorada. Voy a ser yo, y solo yo. Esta vez sin esconderme, porque de otras formas no ha funcionado. Seré sincero aunque crea que puedo perderte con ello, porque de otra forma te perdería igual. Seré paciente contigo porque tú vas a tener que ser paciente conmigo.

Y esperaré.

Espero mi contestación.

Te veré llegar una mañana, vestida con tejanos y camiseta. Llevarás el pelo recogido en una coleta y llamarás a mi puerta. Traerás una carta para mí. Una respuesta. Y estará en mi mano. Lo sé.

Abrirás tu sonrisa y tus ojos me dirán: soy yo, estoy aquí de nuevo, de ti depende, inténtalo.

_ Encontré esta carta en mi buzón y lleva tu nombre.

La sostendré en el aire un instante, mientras te miro y te reconozco, y una sonrisa nerviosa y sincera vendrá a mi boca, y acertaré a decirte gracias. Te leeré despacio, saboreándote, entreteniéndome en la suave curva de tus labios, en los silencios de tus ojos, en el infinito de tu piel. Jugaré contigo hasta la muerte.

¿Qué otra cosa puedo hacer?

Salvo esperar que leas mi última carta.

Holly

PD; He escrito 31 cartas de amor con dirección equivocada, bueno, en realidad, he escrito muchas más, pero 31 es el número de cartas que me ha dado por meterme en piel de lobo. Puede que no del todo, lo confieso. Tal vez sea la piel de lobo que a mí me gustaría que fuera, los sentimientos que imagino que a una mujer le gustaría que un lobo tuviera. Pero de eso se trata, ¿no? Son licencias que una escritora (ejem) puede permitirse. Yo me lo he pasado muy bien. He disfrutado con cada palpitación de amor, con cada desplante, con cada sonrisa, con la rabia sentida, con cada lágrima vertida por mis 31 lobos. Los amo a todos. Espero que los que me leéis, hayáis disfrutado conmigo y con ellos también.  Y ahora… ¿? Ahora vuelvo a mi piel de caperucita. Esa que me gusta tanto, que a veces ronronea como gata y otras aúlla cual loba, porque en el fondo, mis cartas siempre llevarán el mismo destino…

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No sé cómo llamarlo.

Podría hablar de tantas cosas, desde el lugar en el que me encuentro, la situación, es privilegiada. Desde aquí todo es distinto. Veo los errores, las verdades, los miedos, todo en su justo lugar, en su justo momento.

Y te veo a ti.

Eres bonita, pero tú no lo sabes, y actúas en consecuencia. Te comportas tantas veces de forma tan absurda, que muchas de las opiniones que la gente de tu alrededor tiene, se deben a eso. No importaría, si tú luego no anduvieras preocupada por ello. Y no comprendes porque esta o aquel te hicieron un comentario que no entendiste, ya que tú te esforzaste en agradar, en ser como los demás. No te das cuenta de que eres distinta, de que ellos lo saben, y que nunca te entenderán, ni tú a ellos. Por más empeño que le pongas o le pongan ellos. Alguna vez te tropiezas con alguien que lo intuye, y se acerca mucho, mucho, a ti. Pero tú te has vuelto desconfiada y dudas de la sinceridad con la que te trata. Te has vuelto celosa de tu mundo, de tu persona, y pones trabas, un cerco de espino que se levanta insalvable a tu alrededor, protegiéndote pero dejándote sola. Es una lástima. Pierdes tanto tiempo…

Sí que es cierto que no solo a ti te miro, que tengo infinidad de distracciones, muchas otras personas en las que fijarme, muchas otras vidas que mirar, llenas de resentimientos, de nimiedades, de grandezas, de locuras, de esperanzas… Algunas son realmente maravillosas, y me aflige tener que acabar con ellas. En otras, el final es un alivio merecido. Aunque no vacilo en ningún momento, alguna vez me angustia. Desde que el tiempo es tiempo, que estoy aquí, he adquirido muchas habilidades, las fui descubriendo poco a poco y a veces estoy tentado de hacer uso de ellas, sin medir consecuencias. Pero la experiencia me dice que no merece la pena. Por eso siempre acabo volviendo a ti. Contemplar tu pequeña existencia solitaria, apacigua mi consternación en esos casos.

Siento que con solo un soplo, podría ayudarte a ser feliz de veras. Sin artificios, con sinceridad. Pero no puedo hacerlo. Y es… es difícil admitirlo. Para mí. Además, creo que no quiero compartirte. Egoísmo puro. Son sentimientos contradictorios. Por una parte me apena esa soledad de la que solo tú eres responsable, y por otra, si te ayudara tal vez encontrarías a alguien con quien compartir tu vida y entonces pasarías a ser como cualquier otra. ¿Me gustaría entonces mirarte, verte cambiada, sabiendo que amas a alguien? Bueno, eso no lo sabré nunca, porque no va a suceder. Tu vida es esa y así debe quedarse. Sé que hay muchas más almas como la tuya, con tu mismo problema de inseguridad en sí misma, pero fui a fijarme en ti. Y ahí me quedé, contigo. Y me gusta.

No me da miedo. O sí. Tal vez debería confesarme a mi mismo que sí. ¿Qué pasará cuando tenga que ir a por ti? No debe preocuparme, me digo. Será perfecto. Haré que lo sea. Y te tendré ese breve instante de traspaso entre dos vidas, llegarás a verme, y me amarás. Como me aman todas. Lo sé. Pero, también sé que eso, no durará demasiado. Y te perderé para siempre. Te irás con lecciones aprendidas a vivir de otras formas y ya no serás tú. ¿Te echaré de menos? No sé. ¿Encontraré a otra que me distraiga, que ocupe tu lugar? No, no, tampoco quiero eso. No quiero que nadie ocupe tu lugar. ¿Por qué me pasa esto? Esto que no entiendo, que no sé lo que es.

¿Qué es?

No sé cómo llamarlo.

Holly

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No debiera ser fácil.

Podéis elegir, porque hoy no sabía con cual quedarme. 

 

Es tan fácil decir “te quiero”.

Declaramos esas palabras sin pararnos a pensar y de tanto pronunciarlas las desgastamos, despojándolas de su íntimo significado.

Porque… ¿qué significan? ¿Cuál es su propósito al ser dichas? ¿A quién y cómo? ¿Cuándo es el mejor momento de comunicarlas? ¿Dónde las pronunciamos? Y lo más importante, ¿por qué lo hacemos?

No lo sabemos.

Aun así, las soltamos inconscientes. Les damos el poder sobre nosotros y ellas dibujan y desdibujan las líneas de nuestros presentes, despojando a nuestros días de sentido o dándoles toda la paleta de colores del universo para llenarlos.

Nos hacen vulnerables y somos vencidos por ellas casi siempre. Nos rendimos. Nos sometemos. Pocas son las veces que triunfamos sobre ellas, y al fin, el AMOR en mayúsculas se impone sobre la posesión.

Pero, ¿y todas las otras veces? ¿Qué pasa esas veces que un “te quiero” te aplasta contra una vida que no has planeado? O te cambia de rumbo poco a poco y te lleva a años de distancia de lo que esperabas de ellas. Cuando te das cuenta, si es que eso sucede, la bofetada es demasiado fuerte. Y miras atrás asustado, esperando encontrar una razón lo suficientemente grande, coherente, justa y poco dolorosa, que palíe un poco la consternación de descubrir los enormes vacíos que, poco a poco, fueron envolviendo a todos esos “te quiero” que proclamaste. Y no la encuentras. Porque no hay razones suficientes. Y si las hay, nunca fueron fáciles. Siempre resultó mucho más cómodo formular un “te quiero”.

Así estoy ahora. Descubriendo la cantidad de “te quieros” que llenan nuestro pasado y cómo afectaron en nuestra vida. Trato de mantenerme firme, de no derrumbarme al ver lo lejos que estoy de dónde me hubiera gustado estar contigo… supongo. Porque ya no hay ni tengo nada claro, y es difícil decidir qué hacer con lo evidenciado.

Y el tiempo se vuelve lento entre el último “te quiero” que te dije y el próximo que te diga… tal vez no sea pronunciado nunca. Lento porque mantendré una lucha contra él, disparatada y absurda, que pretenderé ganarle para no caer en lo fácil que resulta decir “te quiero” y dejar que todo pase como hasta ahora.

Dificultad añadida.

Entonces tú, entras en mi vida, como cada día, por la puerta de un “te quiero”, pronunciado desde la ignorancia de lo fácil que resulta adormecerse con él. Y me duermo contigo, de nuevo. Te abrazo de un enorme vacío lleno de cotidianidad. ¿Otra vez?

Dejaré que venza. Te diré…

“Te quiero”.

Holly

Siempre

Siempre no existe, es una palabra que no existe.

Si no te conociera, si nunca te hubiera dicho que te amo y tu volvieras a aparecer delante de mí, si pasaras de nuevo frente a mi mirada distraída, como hace ya tantos años, volvería a sentir lo mismo, volvería a sentirme como la primera vez. Enamorado.

Si no te hubiera dicho tantas veces que te quiero, si nunca hubiéramos pasado noches enteras hablando de todo y nada, abrazados sobre la cama después de hacer el amor, si no te hubieras adentrado en mis miedos para destruirlos, si no te hubiera dejado instalar cómodamente en mi cotidianidad, volvería a hacerlo como lo hice. Enamorado.

Estoy dispuesto de nuevo a dejarme atrapar, preparado para despertar de este letargo que dura demasiado, y volver a empezar como la primera vez, igual. Vivos. Enamorados.

Volver a cogerte de la mano en un acto espontáneo fruto de un arrebato amoroso, como al principio fuimos, absolutamente colgados el uno del otro. Iniciar un beso, tímido, enmarcando tu cara perfecta con mis manos, y acabarlo totalmente unidos con tu boca siendo una continuación de la mía, solo una. Compartir la tibieza de la cama, con el amor desparramándose junto a las sábanas por el suelo. Otra vez, enamorado.

El silencio. El silencio pesa.

Se parece al siempre, que lo queremos y no lo apreciamos cuando lo tenemos. Lo odiamos y lo llenamos de silencios pesados.

Quiero quitarme el silencio de encima para siempre.

Como cuando tu y yo éramos risas y gritos y te quieros y prisas y todo. Ruidos… llenos de vida, llenos de pasión. Llevarte pegada a mi espalda durante kilómetros y kilómetros, con el viento arremolinando tu pelo en mi cara. Oliéndote el deseo entre tus piernas, cabalgando en la moto abrazadas a las mías. Estremecernos juntos después de una caricia frente a una ventana, despertar juntos en otro lugar desconocido, sonreír por las mismas tonterías, escoger una película para verla en casa una tarde de domingo. Ser, sencillamente, dos enamorados.

Si no te hubiera dicho nunca que te quiero, si no te hubiera enseñado lo que es volar sobre dos ruedas, si no me hubieras enseñado lo que es llevar un ángel a mi espalda, volvería a decírtelo, volvería a mostrártelo, volvería a aprenderlo. Y volveríamos a morir los dos juntos. Estrellados contra el asfalto, tú partida por un quitamiedos, yo pisoteado por la ruedas de la vida, que sigue sin nosotros y nos separa sin remedio, sumergidos en un siempre inexistente, un silencio pesado que se ríe de mí, enamorado.

Enamorado todavía de tu vida, que solo vive en mi silencio para siempre.

Holly

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Esta noche (fóllame)

Te miro. Te estoy mirando. Fijamente. Me gustas, mucho, muchísimo. Me excitas.

No me explico cómo he pasado toda mi vida sin ti. Sin tenerte cerca, sin poder olerte, tocarte, besarte, follarte y volverte a follar. Madre mía, qué locura. Ni siquiera te conozco.

Si tuviéramos algún amigo común, le pediría que nos presentara, pero no es el caso. Y como que acercarme a preguntarte si te vienes conmigo esta noche, y liarnos, va a resultar imposible. No porque yo sea un tipo tímido o apocado, si no porque tú eres una mujer de las que hay pocas en el planeta. Ardes. Sí, ardes. Diossss… Lanzas llamas de pasión carnal hacia el universo, desprendes calor sexual a tu paso. Sin rozarme siquiera, ha llegado hasta mí todo tu fuego al pasar caminando a mi lado.

Fíjate que llevaba tiempo sin sentirme mínimamente atraído hacia una mujer, y que no me considero un tipo feo; cuando salgo, hay mujeres que se me insinúan. Alguna incluso, me ha llegado a hacer proposiciones descaradamente. La semana pasada sin ir más lejos: una morenaza con buena delantera, a la cual rechacé sin pensármelo demasiado.

Igual es que llevo un tiempo sin follar, y ya me da igual con quien, pero yo diría que no es eso. Porque entonces, hubiera aceptado sin remilgos irme a casa de la chica morena de escote de infarto. Pero en serio, contigo me iría bajo un puente, me da igual. Creo que me gustaría incluso que me rechazaras. De todas formas, lo iba a volver a intentar.

Quiero que me grites. Que me digas que soy un plasta. Que me mandes callar. Que me insultes. Una discusión acalorada, por cualquier chorrada, no importa. Es una forma de sentimiento, ¿no? Pues eso quiero, que sientas por mí. Debe ser fantástico verte delante de mí, con tu cara pegada a la mía en plena bronca. Y luego pasar a tenerte en mi boca, agarrada a mi cuerpo desnudo, clavando tus uñas en mi espalda y yo dentro de ti. Perdonándonos. El sexo, dicen, lo arregla todo. Y nosotros lo íbamos a solucionar todo así.

¡Buah! Es que me pongo palote solo de imaginarlo. Tú, susurrándome guarradas al oído… uuuuuffff… pidiéndome más y más y más. En fin, que tenemos que follar esta noche, sí o sí. Aún no sé cómo, pero te juro por mis muertos que tú y yo, hoy, follamos.

Estoy pensando una estrategia. Absurda, fijo. Algo así como… simular un infarto o que me asfixio. ¡Ostras, ostras, ostras! Te estoy viendo vestida de enfermera, corriendo hacia mí tendido en el suelo, toda preocupada. Tú, agachándote, toda inclinada sobre mí,  comprobando si aún respiro, practicándome los primeros auxilios y haciéndome el boca a boca. Estoy salivando. Me estoy poniendo malo de verdad. Tengo unos calores que me suben desde la entrepierna hasta la frente, que se me nubla la vista y todo.

Voy a pedirme otra copa.

A ver si consigo bajarme esta erección y me voy a la pista donde estás bailando. Soy un cero a la izquierda en cuestión de baile, pero por acercarme, soy capaz de inventarme la danza de apareamiento mandinga y retorcerme idiotamente sin pudor alguno. Te ibas a fijar en mí. Oye, que al igual lo hago, que me estoy dando cuenta que no es tan disparatado…

Mierda. ¿Y ese tipo? Te toca el culo. No me lo puedo creer. Te dejas tocar tu culo, mí culo,  por… ¿te está besando? ¿Te come la boca? Pero… demasiadas familiaridades veo yo aquí… desde la barra. Joder, las tías buenas deberíais llevar un cartelito de neón avisándolo, hostia: Tengo novio.

Me había hecho ilusiones esta noche. Habría sido tan fantástico, un sexo tan magnífico. El uno para el otro, acoplándonos tan bien… tú me decías: fóllame.

Y yo, te follaba.

Holly

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