Antes que llegue el día.

Podría irme, pero estoy aquí. Permanezco acostada a tu lado, como si las sábanas me tuvieran atrapada, y aunque mi cuerpo ejerciera una fuerza titánica para levantarse, mi mente no podría jamás, sí he dicho jamás, superar en resistencia al influjo que tú ejerces sobre mí.

Estoy desconcertada, porque no suele pasarme. Una noche loca es una loche loca, y un polvo es un polvo, pero mi norma es desaparecer antes que llegue el día. Entonces, ¿qué coño hago aquí, aún?

Te miro muy de cerca, apenas hay diez centímetros entre tu cara y la mía, repaso la línea sonriente de tus ojos, tus largas pestañas, tu nariz recta y larga… me detengo en la comisura de tus labios, siento que empiezo a humedecerme y quisiera mezclar mi saliva con la tuya, tomar prisionera tu lengua y someterla a la tortura más placentera para mí. Me estremezco, me turbas hasta ese punto.

Percibo como tu cuerpo empieza a despertar e, inmediatamente, cierro los ojos y me hago la dormida. Tal vez tú también lo notas, mi corazón ha latido demasiado desbocado, provocando tu desvelo. Intento sosegar mi respiración, y acompasar mi corazón a ella, quizá así deje de saltar dentro de mí, agujereando mi pecho, saliendo de excursión por tu cuerpo, y metiéndose entre tus piernas buscando tu calor.

Adivino tus dedos recorriendo mi cintura por debajo de mi-tu, camiseta prestada, sé que llegarán hasta mis pechos y que los harás tuyos colmándolos de caricias sensuales y se me eriza la piel. Un escalofrío de placer recorre mi espalda, siento tus ojos ardiendo sobre mí, penetrando más allá de mí boca, bajando por mi cuello, apartando el pelo pegado a mi frente. Entonces noto tu calidez sobre mis párpados, tu aliento dulce recorriendo mi cara, deteniéndose en cada uno de mis lunares, conquistándolos, haciéndolos tuyos, poniéndoles nombre. Y yo me dejo hacer, rendida. Sin entender. Sin resistencia. Sin remedio.

Aún me resisto a abrir los ojos. Todas mis terminaciones nerviosas se mudaron hasta la capa más fina de la piel, para experimentarte plenamente, a ciegas. El resto de sentidos acrecentados, pugnando por distinguirte uno primero que otro. Mi olfato embriagado con tu olor a madera húmeda, lo respiro profundo enterrándome en tu cuello; mi lengua extasiada con el sabor a fruta dulce y fresca de la tuya danza eufórica en tu boca; mis manos cerrándose en tus nalgas, atrayéndote hacia mi sexo; oyendo el rumor de tu mar envistiendo contra mis rocas, convirtiéndome en arena de una playa donde tus olas vengan a morir conmigo, en mí.

¿Y la razón? Qué quiere de mí, a estas horas; qué viene a exigirme, cuando ya está todo perdido, cuando me ha vendido por un anhelo loco del corazón.

Y qué sentido tiene, dime, qué sentido tiene ahora abrir los ojos y darse cuenta que pudiera haber amanecido; que, mirándote, me quedé en tu cama después de que llegara el día.

Holly

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Vestida de azul

Me levanto emocionada, hoy es el día.

Entro en el lavabo antes que mi hermano, no quiero pasarme media hora esperando a que acabe, me miro en el espejo y, ¡oh! tengo una espinilla. Precisamente hoy. Qué palo. Es igual, me he propuesto estar guapísima y lo voy a conseguir, sea como sea.

Ayer preparé la ropa que voy a ponerme, (aunque no descarto elegir otra cuando me vista), y eso me da tiempo para peinarme y maquillarme. A ver si consigo disimular el cráter que acabo de hacerme, he reventado el inoportuno granito de mi mejilla mientras me duchaba. He pensado que podría taparlo con un corazón rosa, a lo María Antonieta. Bueno, no sé si María Antonieta llevaba corazones rosas en sus mejillas, tal vez fuera un lunar, pero sí recuerdo verle los pómulos muy rosas y el resto de la cara muy blanca en una peli. Ese es el efecto que quiero conseguir.

No ha quedado mal del todo. También me puse unas pestañas azul celeste, como los labios. Ahora a peinarme.

Llevo tres intentos de recogerme unos moñitos a los lados sin que parezcan dos totós de niña tonta, tengo poco pelo y demasiado corto. Ayer me pasé con la tijera, me teñí de lila y me lié a cortar y cortar y… se me fue la mano. Paso. Voy a liarme unos lacitos de colores a boleo. Ya está, estupendo, ya puedo ir a vestirme.

Qué nervios. Pongo música. Hace dos minutos le colgué el móvil a mi amiga, no paraba de pedirme que me hiciera fotos y se las mandara. Qué pesada. Al final llegaré tarde.

Ya tengo las primeras medias puestas, son de rayas de diferentes tonos de azul. Ahora las negras. Le he hecho unos agujeros y se ven las de debajo por ellos. ¡La combinación con el tul turquesa asomando por debajo de la falda del uniforme es brutal! Acortarla ha sido un acierto. Lo que no me convence es la camisa celeste. Aunque luego lleve el chaleco azul oscuro se ve muy serio. Así que… ¡la blanca! Me subo las mangas para que se vea la camiseta transparente amarilla y, ¡tacháaaan! Genial. Esta combinación sí que me gusta. A las botas negras le he cambiado los cordones por unos amarillos, y quedan de lujo.

Vale. Ya estoy.

No tengo ni hambre.

Salgo disparada por la puerta diciendo un adiós a escape. Deseo llegar antes que él al cole. Quiero estar en el pasillo, esperando a que llegue y me vea allí, plantada en la puerta de la clase. Me muero por ver la cara que pone. Me voy directa hacia mi amiga, que da pequeños saltitos y palmas en cuanto me ve, qué boba. Están casi todos aquí y a él no lo veo. Sus amigos me miran de reojo y cuchichean entre ellos. Mi amiga no para de tirarme de los lacitos, me pone frenética. Me paso todo el tiempo quitándole las manos de mi pelo.

Suena el timbre y espero todo lo que puedo para entrar a clase.

No ha venido.

Miro su pupitre al entrar, por si hubiera llegado antes que yo, pero no está. Me siento en mi sitio y no consigo quitar mis ojos de la puerta. El profesor tiene por costumbre pasearse mientras explica la lección, y se ha interpuesto en mi línea de visión en varias ocasiones. Todas ellas, me ha mirado directamente, como advirtiéndome, “Me doy cuenta que no atiendes”, parece decirme. Es verdad, no me estoy enterando de nada. ¿Dónde se habrá metido? ¿Ha elegido precisamente este día para hacer campana? ¿Ha enfermado hoy, justo hoy? La mañana se me hace eterna. No veo la hora de salir a desayunar.

Tampoco ha venido después del descanso. He pasado el resto de clases muy abstraída, pensando en multitud de motivos por los cuales no ha venido hoy a clase. Y no se me ocurre ninguno bueno. Incluso he llegado a pensar que cambió de colegio, de ciudad, e incluso de estado. Vuelvo a casa triste. O confundida. O decepcionada. O preocupada. O abatida. No sé muy bien cómo definir mi estado de ánimo. No consigo despegar mis ojos del suelo durante todo el trayecto. El resto de día lo pasaré tumbada en mi cama, mirando al techo y escuchando canciones J-pop.

¿Es él? ¿Está ahí, parado en mi puerta? Viste raro. No lleva la camisa de un color chillón por fuera, ni las mangas subidas hasta medio brazo, ni los ojos tapados por su largo flequillo. No lleva la muñeca llena de pulseras de cordones trenzados, ni asoman sus colgantes por el cuello abierto de su camisa. Tampoco lleva las zapatillas rojas y viejas con los cordones a rastras de siempre. No parece él. Parece “normal” y él no es normal. No como los demás. Me ha mirado y sí, la verdad que mi atuendo debe haberle causado impresión por la cara que ha puesto, solo que a mí también me la causó el suyo, así que la excitación del momento se desdibuja un poco. Se acerca y extiende su mano para darme un sobre.

Y se va.

En casa, tirada en mi cama, miro el techo moverse como la superficie de un lago. Suena Kana Nishino. Y pienso en porqué hice tantas hipótesis si solo bastaba una. La más terrible.

Se va.

Por lo menos sé que se fijó en mí.

Holly

pd; He tenido que escuchar más de 30 o 40 canciones niponas de “Anison” (con este tono de pito que tienen casi todas, tengo el tímpano perforado) hasta encontrar una que, más o menos, toleraran la mayoría de oídos y, además, no se fuera mucho del tema.

pd2; Reconozco que hoy no es uno de mis mejores relatos.  Qué se le va hacer, ya vendrán otros mejores. 

I spend my time

Mi café se enfrió hace rato, aún así, sigo moviendo la cucharita dentro de la taza. Absorta, miro por la ventana cada ficticio amanecer creado por los faros de los coches que circulan cerrando la esquina de mi calle.

Siempre es tarde, siempre demasiado pronto. Nazco cada día en esa hora imprecisa, donde la noche no sabe si aún es noche o una cenicienta a punto de perder su zapato de cristal.

Abandono la taza con el café frío y desaparezco con la luz de otros faros. Me pierdo en la ciudad junto con otros como yo, hacía su destino anodino. Luego ocuparé el resto de la moribunda noche en preparar lo absurdo de todo para los demás. Y cuando nazca el día, me zambulliré de lleno en la frenética carrera por alcanzar el fin.

El fin de una hora. El fin de un trabajo. El fin de la mañana. El fin del almuerzo. El fin de la jornada… y me quedará el estúpido paréntesis de tres horas para ocuparlas en desocuparlas, para así llegar… al fin del día.

Ni siquiera en ese lapsus de tiempo vacío me permito pensar en ti.

Me tumbo en el sofá y me abandono al aturdimiento, la mortecina luz del televisor ilumina en semicírculo un pedazo de suelo y de salón. Permanezco en la penumbra. En la penumbra de todo. Me rescata la música de un anuncio de galletas y entras a hurtadillas, irrumpiendo en mis neuronas adormecidas. Rompiendo la desidia que con tanto esfuerzo he instaurado en mis recuerdos. Los desordenas, los tiras por el suelo, rompes en mil pedazos los cristales de los marcos de las fotos, al sacarlas de la última caja guardada arriba del armario más alto.

Cierro el televisor. Mañana probablemente ni lo encienda cuando me tumbe en el sofá.

Me levanto y camino descalza hasta la cocina. Delante de la nevera, con la puerta abierta y los pies helados, decido largamente si llenar con vino blanco o negro la mitad de mi copa. Ni siquiera saco algo solido para comer.

Miro por la ventana con la copa entre mis dedos. La mezo. Veo los faros de un coche lanzando inútilmente falsas estrellas hacia el cielo, justo antes de doblar la esquina de mi calle.

Holly

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Baila cómo tú quieras bailar.

Si quieres venir, ven. Si quieres quedarte, quédate. Si quieres irte, ve. Cómo quieras y cuando quieras. El tiempo que quieras.

Ven desnudo si hace falta, vestido de tus miedos si es necesario. Cuéntamelos si quieres, haré lo que pueda con ellos. Los juntaré con los míos. Si quieres, sólo si quieres.

Ven solo o acompañado, en mis brazos cabe un mundo, siempre que ese mundo lo necesite y se sienta a gusto entre el mío.

Se como tengas que ser. Estate como tú quieras estar. Triste, alegre, espontáneo, sincero, libre, sobre todo libre. Sin un plan establecido. Sin una cuerda que te ate. Sin fecha de caducidad.

Abre mi armario y deja tus cosas al lado de las mías. Trae tu cepillo de dientes hoy, y llévatelo mañana si quieres. Duerme a mi lado o en el sofá. Agarra la puerta si lo necesitas, o atráncala.

Piénsame cuanto quieras, quiéreme cómo quieras. Toma lo que yo te dé, utilízalo cómo tú veas. Guárdalo para siempre u olvídalo en un rincón. Mira todo lo que quieras o no mires nada. Escúchame, si quieres, cuando tú quieras. Desapréndete y apréndeme. Desapréndeme y apréndete. Échame de menos, o de más. Quédate un rato o para siempre. 

Vete y vuelve. Vuelve y vete. Las veces que quieras, las que necesites. Hasta cuando quieras. Equivócate y déjame equivocarme. Deja que te quiera cómo yo quiera.  

No me  esperes. No me interrumpas. No me pares. No me juzgues. No me calles. No me encierres. No veas por mí. No me vistas. No me pidas cambio.  No me pidas que deje de bailar.

Si quieres venir, ven. Y baila.

Holly

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A mí ya no me llames.

Voy con los ojos desbordados de tristeza, pintados de negro alrededor, vestida de rojo con pasión anhelada.

Intento permanecer  indiferente a la ausencia de tu llamada. Camino decidida hasta la puerta, y me rompo en mil pedazos en la calle. Antes de entrar a cualquier parte disimulando mis costuras remendadas, levanto la cabeza y me propongo no dejar que nadie vea que no existo. Y así mantengo a todos alejados, intimidados.

Y paso los días, las noches y los bailes en silencio, en solitario y sonriendo… menos cuando mi boca se cierra hacia abajo y mis ojos se abren para contener mis mares.

Cuando esto último acontece, veo cosas que de normal, no existen. Pastelitos rosas y blancos, de nata dulce, devorados por un goloso gigante. Nubes de algodón de olor etéreo, que adormecen al mismísimo diablo. Corazones de caramelo de colores, en las manos de un niño travieso. Distorsiono realidades grises para mi recreo, haciéndolas imágenes de cuento.

Así parece que todo es mejor. Así parece que solo yo no encajo. Así parece que, quizá, algún día, cuando mis pedazos estén solidificados, yo también seré un pastelito, una nube o un caramelo.

Pero ahora, ahora, aún recuerdo. Y mi yo del recuerdo no cabe dentro de ese pastelito rosa. Por eso visto de rojo y me pinto de negro y camino fría y inundo mis ojos. Me disfrazo de indiferencia.

Y no. Ya no me quiero. No quiero a ese yo del antes. Ni quiero a este yo del ahora. Ni quiero al de después. No quiero a ningún yo. No quiero a nadie. Ni tan siquiera a ti. Aunque vinieras disfrazado de aquel lobo, al que amaba, ya no. Ya no lo quiero.

Así que, a mí, ya no me llames.

Holly

Pd; Vuelvo a mi voz, y he aquí de nuevo, una Caperucita. Así serán a partir de ahora las cartas…
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La última carta.

Estoy aquí, parado en frente de un buzón viejo y oxidado. Sostengo en mi mano un sobre blanco, escrito de mi puño y letra, como se hacía antes.

Me veo absurdo, para la mayoría de gente que pasa por mi lado. No tanto por permanecer quieto delante del buzón, si no por sostener este sobre. Lo miro en mi mano, me resisto a introducirlo por la ranura que lo llevará a un lugar oscuro, tal vez frio, tal vez lejano… tal vez nunca llegue a ti. En la época del correo electrónico, y yo, escribo cartas. Cartas que nunca me contestas. Son mi último recurso.

Las lleno de palabras cargadas de esperanza. Espero que las leas, que las entiendas, para que te ayuden a perdonarme. Solo que, después de haberte escrito tantas veces, el optimismo con el que llenaba mi espera antiguamente, ha desaparecido. Cometí tantos errores, que comprendo tu indiferencia. Imagino que dedicas tu tiempo a otros, mucho mejor amantes que yo, más entregados al amor, a la pasión, al deseo, al romanticismo, a la dulzura de las palabras susurradas al oído… Puede que todo eso no vaya conmigo, aún así, lo echo en falta cuando no lo tengo. Me siento huérfano de, de, de… de ti.

Me confieso poco constante y no dejo de insistirte. Quiero tenerte pero me das miedo cuando te tengo. Mi cabeza y mi corazón, viven atormentados con mis contradicciones. Me equivoco cada vez que vuelvo a intentarlo. No sé cómo hacer para retenerte a mi lado cuando te tengo y te pierdo irremediablemente.  Luego me siento solo. Muy solo.

Como ahora.

Ahora que estoy delante del buzón, y una fina lluvia cae por mi cara, mi pelo, sobre mis hombros, moja mi ropa y cala hasta dentro, muy dentro de mí. Me llena de un frío húmedo, que se instalará en mi corazón hasta que llegues de nuevo. Y tendré miedo a perderte, y me aferraré a ti de una manera devastada, que hará que no funcione, sin poder hacer nada al respecto.

Pero no, no quiero adelantarme. Quién sabe si aún estoy a tiempo.

Te pido una última oportunidad, si es que existen las oportunidades en esto. Será la última. Mi última carta, mi última súplica, mi última vez, mi última enamorada. Voy a ser yo, y solo yo. Esta vez sin esconderme, porque de otras formas no ha funcionado. Seré sincero aunque crea que puedo perderte con ello, porque de otra forma te perdería igual. Seré paciente contigo porque tú vas a tener que ser paciente conmigo.

Y esperaré.

Espero mi contestación.

Te veré llegar una mañana, vestida con tejanos y camiseta. Llevarás el pelo recogido en una coleta y llamarás a mi puerta. Traerás una carta para mí. Una respuesta. Y estará en mi mano. Lo sé.

Abrirás tu sonrisa y tus ojos me dirán: soy yo, estoy aquí de nuevo, de ti depende, inténtalo.

_ Encontré esta carta en mi buzón y lleva tu nombre.

La sostendré en el aire un instante, mientras te miro y te reconozco, y una sonrisa nerviosa y sincera vendrá a mi boca, y acertaré a decirte gracias. Te leeré despacio, saboreándote, entreteniéndome en la suave curva de tus labios, en los silencios de tus ojos, en el infinito de tu piel. Jugaré contigo hasta la muerte.

¿Qué otra cosa puedo hacer?

Salvo esperar que leas mi última carta.

Holly

PD; He escrito 31 cartas de amor con dirección equivocada, bueno, en realidad, he escrito muchas más, pero 31 es el número de cartas que me ha dado por meterme en piel de lobo. Puede que no del todo, lo confieso. Tal vez sea la piel de lobo que a mí me gustaría que fuera, los sentimientos que imagino que a una mujer le gustaría que un lobo tuviera. Pero de eso se trata, ¿no? Son licencias que una escritora (ejem) puede permitirse. Yo me lo he pasado muy bien. He disfrutado con cada palpitación de amor, con cada desplante, con cada sonrisa, con la rabia sentida, con cada lágrima vertida por mis 31 lobos. Los amo a todos. Espero que los que me leéis, hayáis disfrutado conmigo y con ellos también.  Y ahora… ¿? Ahora vuelvo a mi piel de caperucita. Esa que me gusta tanto, que a veces ronronea como gata y otras aúlla cual loba, porque en el fondo, mis cartas siempre llevarán el mismo destino…

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No sé cómo llamarlo.

Podría hablar de tantas cosas, desde el lugar en el que me encuentro, la situación, es privilegiada. Desde aquí todo es distinto. Veo los errores, las verdades, los miedos, todo en su justo lugar, en su justo momento.

Y te veo a ti.

Eres bonita, pero tú no lo sabes, y actúas en consecuencia. Te comportas tantas veces de forma tan absurda, que muchas de las opiniones que la gente de tu alrededor tiene, se deben a eso. No importaría, si tú luego no anduvieras preocupada por ello. Y no comprendes porque esta o aquel te hicieron un comentario que no entendiste, ya que tú te esforzaste en agradar, en ser como los demás. No te das cuenta de que eres distinta, de que ellos lo saben, y que nunca te entenderán, ni tú a ellos. Por más empeño que le pongas o le pongan ellos. Alguna vez te tropiezas con alguien que lo intuye, y se acerca mucho, mucho, a ti. Pero tú te has vuelto desconfiada y dudas de la sinceridad con la que te trata. Te has vuelto celosa de tu mundo, de tu persona, y pones trabas, un cerco de espino que se levanta insalvable a tu alrededor, protegiéndote pero dejándote sola. Es una lástima. Pierdes tanto tiempo…

Sí que es cierto que no solo a ti te miro, que tengo infinidad de distracciones, muchas otras personas en las que fijarme, muchas otras vidas que mirar, llenas de resentimientos, de nimiedades, de grandezas, de locuras, de esperanzas… Algunas son realmente maravillosas, y me aflige tener que acabar con ellas. En otras, el final es un alivio merecido. Aunque no vacilo en ningún momento, alguna vez me angustia. Desde que el tiempo es tiempo, que estoy aquí, he adquirido muchas habilidades, las fui descubriendo poco a poco y a veces estoy tentado de hacer uso de ellas, sin medir consecuencias. Pero la experiencia me dice que no merece la pena. Por eso siempre acabo volviendo a ti. Contemplar tu pequeña existencia solitaria, apacigua mi consternación en esos casos.

Siento que con solo un soplo, podría ayudarte a ser feliz de veras. Sin artificios, con sinceridad. Pero no puedo hacerlo. Y es… es difícil admitirlo. Para mí. Además, creo que no quiero compartirte. Egoísmo puro. Son sentimientos contradictorios. Por una parte me apena esa soledad de la que solo tú eres responsable, y por otra, si te ayudara tal vez encontrarías a alguien con quien compartir tu vida y entonces pasarías a ser como cualquier otra. ¿Me gustaría entonces mirarte, verte cambiada, sabiendo que amas a alguien? Bueno, eso no lo sabré nunca, porque no va a suceder. Tu vida es esa y así debe quedarse. Sé que hay muchas más almas como la tuya, con tu mismo problema de inseguridad en sí misma, pero fui a fijarme en ti. Y ahí me quedé, contigo. Y me gusta.

No me da miedo. O sí. Tal vez debería confesarme a mi mismo que sí. ¿Qué pasará cuando tenga que ir a por ti? No debe preocuparme, me digo. Será perfecto. Haré que lo sea. Y te tendré ese breve instante de traspaso entre dos vidas, llegarás a verme, y me amarás. Como me aman todas. Lo sé. Pero, también sé que eso, no durará demasiado. Y te perderé para siempre. Te irás con lecciones aprendidas a vivir de otras formas y ya no serás tú. ¿Te echaré de menos? No sé. ¿Encontraré a otra que me distraiga, que ocupe tu lugar? No, no, tampoco quiero eso. No quiero que nadie ocupe tu lugar. ¿Por qué me pasa esto? Esto que no entiendo, que no sé lo que es.

¿Qué es?

No sé cómo llamarlo.

Holly

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