… y te dejé ir.

 

No sé estar triste. Sin ti mi amor, yo no soy nadie.

Te pienso en la mañana, mientras bajo la escalera para salir a la calle. El aire frío de la mañana golpea mi cara, para despertar a mis ojos enrojecidos de no llorar y devolverlos a la realidad. En mi cama aún perdura tu olor, intento no dormir en el que fue tu lado, para que no se mezcle con el mío. Antes, cuando estabas aquí, nuestros cuerpos destilaban el vaho de la próxima mañana, enlazados, sumando el tuyo y el mío. Eso era bueno, muy bueno. Era la promesa de una próxima noche de intensa unión, tu cuerpo engarzado al mío, fundiéndose en un placer infinito.

Lo ves, no sé estar triste. Recuerdo esas noches y me sonrío. Siento un escalofrío, como de alas de mariposas, que recorre mi espalda y atraviesa hacia mi corazón, atenazándolo dulcemente con el aleteo de miles y miles de tus besos. Noto tus labios posándose en los míos y mi estómago se encoge a la vez que mi miembro se expande y mi cabeza se nubla.

Y a todo esto, llego al metro y el sonido del convoy acercándose me recuerda que no estás aquí. Ya no estarás jamás.

Luego, a la vuelta del trabajo, entraré en nuestra casa, llena de tus cosas, y confiaré encontrarte en la ducha, esperándome para seguir donde lo habíamos dejado por la mañana. Me entregaré a ti como si estuvieras aquí conmigo, creceré contigo porque no sé ni quiero saber hacer otra cosa desde que te conocí.

Pero hoy salgo de la ducha preparado. Creo. Esta vez ha sido tan intenso tu tacto, que decido escucharte. Tengo que dejarte ir. Así que cojo tu pequeña cajita con lo que tengo de ti, y vuelvo a salir a la calle, oscura ya. Recorro las calles que antes caminamos cogidos de la mano con tu cajita entre las mías, llego al final del paseo y entro al parque, sigo los caminos que descubrimos juntos por primera vez hace unos cuantos años hasta llegar al lago. En el embarcadero empiezo a dudar. ¿Y si es en el momento que nos separemos cuando yo empiece a sentirme triste, a saber estar sin ti?

Un susurro solo para mí, en mi cuello, una caricia, mi pelo revoloteando alrededor de mi cara… tu abrazo es tan vívido, tu lengua en mi boca, haciendo nacer lágrimas saladas que recorren mi cara, hasta unirse al dulzor de tus labios y los míos.

“No lo pienses dos veces. Está bien. Estoy bien. Estarás bien.”

Y te esparzo al viento, sobre al agua del lago, mezclándote con nuestro dulce elixir y mis saladas lágrimas.

Holly

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